Columnas

Agonía de una utopía II

Muchos de los actuales intelectuales de izquierda siguen haciendo sus peregrinaciones religiosas a La Habana...

El representante de la utopía socialista ha sido, para América Latina, desde 1959 hasta la fecha, Cuba. Cuando triunfó la Revolución cubana y Castro entró en La Habana, la opinión pública en general era favorable por haber derribado a uno de los tantos tiranuelos de la historia latinoamericana. En los primeros años, los intelectuales de izquierda, desde escritores consagrados como Jean Paul Sartre hasta las jóvenes promesas del “boom” latinoamericano, García Márquez, Cortázar y Fuentes por citar unos cuantos, dieron su legitimidad a la nueva dictadura, asumiendo públicamente la ilusión de que esta revolución sería totalmente distinta a la soviética, es decir, sin verdugos, manos manchadas de sangre o por la tortura hacia los que no pensaban igual.

La amenazadora advertencia de Castro en la Biblioteca Nacional de La Habana en junio de 1961: “¡Dentro de la Revolución todo; contra la Revolución, nada!”, fue entendida todavía ingenuamente, pensando que expresaba la decisión del “primer país socialista de América”, en su lucha, cual David frente a Goliat, contra el todopoderoso imperialismo norteamericano, pero que nada tenía que ver con “purgas”, confesiones públicas de ser agente de la CIA al estilo de los criminales procesos de Moscú.

El “caso Padilla”, un poeta que tuvo que hacer su “autocrítica”, acusarse a sí mismo y renegar de su libro de poesía por ser “burgués”, rompió el idilio de parte de los intelectuales con el régimen cubano. Fue la separación de García Márquez con Vargas Llosa.

Pese a ello, y hasta la fecha, todavía muchos de los actuales intelectuales de izquierda siguen haciendo sus peregrinaciones religiosas a La Habana e invocando, como santoral laico a Castro, el Che y a los nuevos canonizados como Hugo Chávez. Gracias a ello son “huéspedes frecuentes y altos funcionarios culturales” de la Revolución, como dice Christopher Domínguez a propósito del uruguayo Mario Benedetti y de su silencio aquiescente ante los atropellos y violaciones de los derechos humanos por parte del régimen cubano. La lista es larga.