Columnas

Jaime Rumbea: Zenón

Si obtuviéramos conocimiento real con un vistazo, gracias a las redes sociales, seríamos todos muy capaces en muchas cosas.

Mira tu mano estirada: percibes. Dobla tus dedos: crees. Cierra tu puño: comprendes. Agarra tu puño y abrázalo con la otra mano: conoces.

Enfatizando una secuencia de metafóricas acciones, su autor, Zenón de Citio, conocido como uno de los fundadores del estoicismo, nos dejó hace 2.300 años una guía que no hemos logrado terminar de utilizar.

Podemos percibir los resultados de un mandato del político, podemos seguramente percibir que la economía no va tan bien. Creemos y especulamos que aquello es lo que nos deja la ineptitud o el desdén, pero si hacemos un esfuerzo adicional podemos comprender que ninguna de esas apreciaciones refleja con toda exhaustividad el complejo mundo político y sus engranajes. Son ligeras creencias que se distinguen del conocimiento.

Pasamos a veces de la creencia a la comprensión, en términos de Zenón, cuando cerramos el puño y comprendemos una causalidad. Por ejemplo, a mayor inseguridad corresponde un menor dinamismo de la economía y el empleo formal.

Pero nadie puede afirmar que conoce los hilos del poder y de la política, los gatillos de la economía, esos factores que de ser conocidos nos llevarían a mejores decisiones.

A nadie le interesa qué es ni cómo se accede al verdadero conocimiento. Ese, que fue el objetivo original de las universidades -también llamado verdad- ha perdido su sitial en nuestra modernidad. Concedamos que apenas distinguimos entre alguna percepción pasajera, el aparente aprendizaje y un conocimiento real y duradero. Sobre todo cuando nos referimos a materias sociales, nos hemos dado por vencidos; si apenas conocemos a las personas a nuestro alrededor, ¿cómo podríamos conocer a los políticos y a sus ideas?

Entre más lo pienso, más parece una utopía que podamos conocer lo que es bueno para nosotros, ni se diga hacerlo. ¿Lo puede conocer un tercero? Ese es el gran desafío de la política: nosotros conocer, como un puño que abraza al otro, quién es la persona idónea y cuáles son las políticas idóneas, pero también que el político conozca, como un puño que abraza al otro, las políticas necesarias.