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Jaime Antonio Rumbea | Mitologías (II)

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El problema no es el exceso de poder, sino su vaciamiento

Gilgamesh era un rey, el rey de Uruk. Dos tercios divino, uno humano, dueño de un poder que parecía no conocer límites. Y, sin embargo, su historia -transmitida durante siglos de forma oral, luego fijada en tablillas de arcilla y redescubierta cuatro mil años después, apenas hace doscientos años- no es una apología del poder y del gobierno, sino una advertencia contra él.

El rey más poderoso imaginable, aquel que desafía a dioses y monstruos, no cae por una revuelta ni por una conspiración institucional. Se quiebra ante la amistad, ante el amor y, finalmente, ante la muerte. La epopeya no glorifica al poder: lo desnuda. Ni le importa el reino, lo que hoy llamaríamos estado-nación: lo vuelve irrelevante, lo desmitifica. Nos enseña que la supuesta soberanía no salva, no protege y no trasciende. Apenas administra.

Tal vez por eso resulte tan grotesca la sobreactuación de la política contemporánea. El escándalo diario de las redes, el juicio político de temporada, la indignación reglada y repetitiva, bien sea aquí, en Norteamérica, Europa, China o Rusia. El Estado-nación moderno -ese invento reciente que se presenta como eterno- exige atención, respeto y obediencia como por salvar su propio mito. Pero ya no produce sentido, solo ruido.

Lo verdaderamente incómodo es aceptar que seguimos mirando ese teatro sabiendo que es una ficción. Que el problema no es el exceso de poder, sino su vaciamiento. Que la política ha dejado de ser epopeya inspiradora para volverse administrativa, y que incluso sus crisis carecen de épica.

Mi única concesión a ese andamiaje es esta: detrás del cargo, todavía hay personas. No instituciones, no abstracciones, no símbolos. Personas de carne y hueso, conscientes -o no- de lo fugaz de su investidura. Algunos torpes, otros más crueles, otros simplemente más lúcidos, pocos geniales. Y acaso en ese margen estrecho, lejos del Estado y de la política, sobreviven aún el disfrute, el goce, la emoción, la aventura, la inspiración y la vida que el poder, por sí mismo, jamás puede ofrecer. Si esa saliera a relucir, podríamos tener más Gilgamesh.