Columnas

El ogro benefactor

Porque la vida es decisiones; ser azules o amarillos, tigres o conejos, ser o no ser, porque, como decía Hamlet, esa es la cuestión.

Hace ya casi 31 años, un 9 de noviembre de 1.989, se iniciaron los acontecimientos que hoy se conocen como la “caída del muro de Berlín”; hecho trascendental en la historia y que marcó también la caída de la cortina de hierro y el final de la guerra fría.

En aquella época se pensaba que ese experimento decrépito llamado socialismo había finalmente implosionado y que su legado era lo suficientemente nefasto como para que a nadie, nunca más, se le ocurra proponer tamaña sandez. Sin embargo, el Leviatán tiene la particularidad de reinventarse siempre con tal de seguir engatusando a románticos ilusos.

Es así como, en una muestra de claro gatopardismo político, el colectivismo se reencauchó y se innovó en lo que hoy se conoce como el “estado benefactor”, que resulta ser la misma jeringa, pero con diferente bitoque.

El estado benefactor es muy seductor, pues es dadivoso y la generosidad del político y la candidez del electorado son directamente proporcionales. El estado benefactor es también todopoderoso, por lo que ofrece resolvernos todos nuestros problemas y proporcionarnos una vida fácil y sin esfuerzo, pues la merecemos.

Mientras que muchos se comen el cuento acostumbrándose a la idea a exigir de todo, se va creando una vorágine interminable de exigencias y ofrecimientos. Como si así de fácil fuera resolver los problemas y generar prosperidad. Como si la pobreza que tenemos a nivel individual al colectivizarla simplemente desapareciera. Porque el mensaje que sea el estado que provea todo y que sea otro quien pague la cuenta suena tentador, pero muy ingenuo a la vez.

Lo cierto es, sin embargo, que como sociedad hemos ido cayendo cada vez más profundo en esa psico-dependencia de que sea el estado benefactor el que deba resolver nuestros problemas. Hemos ido cayendo en una servidumbre voluntaria donde inconscientemente hemos ido cediendo nuestra libertad y el fruto de nuestro esfuerzo a la corrupción, ineficiencia o simplemente pobreza que genera el colectivismo. Porque el costo del estado benefactor es gigantesco y muchas veces oculto, pero el beneficio es ínfimo y exagerado. ¿Cómo hacemos entonces para, como Neo, tomar la pastilla roja y salir de la Mátrix que nos subyuga?

La solución obvia sería que los individuos identifiquemos y rechacemos el mal negocio que resulta, excepto para el Leviatán, el estado benefactor. Sin embargo, reconozco que esa es una solución utópica, pues el pensamiento ‘mainstream’ aun vive en la Mátrix.

Una solución más aterrizada pasaría por el federalismo, donde podríamos liberalizar regiones y/o ciudades de forma tal que éstas puedan competir entre sí, tanto a nivel impositivo como regulatorio, y así atraer a sus mercados naturales.

Los que prefieran la servidumbre voluntaria de un estado benefactor a costa de regulaciones e impuestos altos, que así lo hagan. Pero los que prefieran una sociedad de hombres libres, con limitados impuestos y dirigismo estatal, pero teniendo que asumir la responsabilidad de manejar sus vidas, que estén en la libertad de hacerlo. Porque la vida es decisiones; ser azules o amarillos, tigres o conejos, ser o no ser, porque, como decía Hamlet, esa es la cuestión.

¡Hasta la próxima!