Iván Baquerizo | La política binaria
El desafío de nuestro tiempo no es escoger un bando, sino resistir la tentación de la política binaria
Alexis de Tocqueville fue un pensador liberal francés del siglo XIX que, tras recorrer Estados Unidos, comprendió las virtudes y riesgos de la democracia moderna. En su obra La democracia en América prevenía que uno de sus mayores peligros no era la tiranía de un rey, sino la tiranía de la mayoría. Cuando la opinión dominante deja de tolerar la discrepancia, la libertad no desaparece por decreto; se asfixia. El liberalismo clásico nació, precisamente, como respuesta a ese riesgo; limitar el poder, incluso cuando supuestamente se ejerce en nombre del pueblo.
Este domingo se celebró uno de los eventos deportivos de mayor audiencia en Estados Unidos: la final del fútbol americano, el Super Bowl. El espectáculo de medio tiempo, tradicionalmente protagonizado por artistas de renombre mundial y escenografías imponentes, este año fue encabezado por el famoso cantante portorriqueño Bad Bunny. Sin embargo, su presentación terminó generando más debate que el propio partido. Se habló menos del encuentro deportivo y más de si el show representaba una celebración de la diversidad estadounidense o una amenaza a sus valores tradicionales. El fútbol americano, símbolo de una fiesta compartida entre amigos y familia, terminaba siendo atrapado por la lógica binaria de estos tiempos: a favor o en contra, correcto o incorrecto, avance o retroceso.
No se trata si nos gusta o no el artista o el espectáculo. El fenómeno es más profundo. La política contemporánea ha desempolvado viejos libretos colectivistas utilizados en distintos momentos por el nazismo, el fascismo, el socialismo o el comunismo, donde polarizar siempre resultó ser más rentable que consensuar. Dividir moviliza más que unir. Cada vez más actores políticos optan por reemplazar el debate de ideas por la apelación al resentimiento, la xenofobia o el odio de clases. Ya no se discuten propuestas, se categorizan personas.
América Latina conoce bien esta lógica. El Socialismo del Siglo XXI construyó su poder sobre una narrativa binaria; pueblo contra élites, revolución contra enemigos, lealtad contra traición. Sus líderes comprendieron que a través de una propaganda goebbeliana, la polarización permanente no solo cohesiona bases, sino que debilita instituciones, erosiona contrapesos y convierte al disenso en sospecha moral. Así se normalizó el uso político del Estado y se diluyeron los límites al poder.
Tocqueville decía que cuando una democracia se acostumbra a pensar en términos absolutos, la coerción política puede volverse aún más eficaz que la propia ley. Los dogmas se imponen a la legalidad. Todo se vuelve político. Todo exige alineamiento. Todo responde a una sola moral. Y así, la ansiada pluralidad -condición indispensable para la libertad económica, el mercado y el progreso- va desapareciendo silenciosamente.
El desafío de nuestro tiempo no es escoger un bando, sino resistir la tentación de la política binaria. Defender los espacios comunes, las reglas del juego y la tolerancia frente a lo diverso es hoy un acto profundamente liberal y, en estos días, también un acto de amor al prójimo. Porque, como dijera Bad Bunny, lo único más fuerte que el odio es el amor.
Feliz día del amor y la amistad para todos.
¡Hasta la próxima!