El equilibrista

  Columnas

El equilibrista

Aparte de las fieras y los payasos, son los equilibristas los que más llaman la atención y si no usan red de protección, más todavía.

Para Guayaquil en el mes de la hipocresía (julio), y en octubre también, antes venían circos con algún prestigio para proporcionar momentos de esparcimiento a la ciudadanía, que sentía la necesidad de salir a divertirse a pleno día y con sol. Familias enteras concurrían a las carpas armadas en diversas partes de la urbe. Es -en estos dos meses- cuando todos se acuerdan de la ciudad que los vio nacer o que los recibió con los brazos abiertos, haciéndola cosmopolita, pero sin sentirla suya muchas veces. Pasadas estas fechas, tristemente, no se acuerdan de ella y la maltratan de la manera más diversa. Igual con los días de la Madre, del Padre y vaya usted a saber de quién más, sin faltar el 14 de febrero, en que se recibe un feliz día de gente que a veces uno ni conoce.

Aparte de las fieras y los payasos, son los equilibristas los que más llaman la atención y si no usan red de protección, más todavía. Con estos artistas es que comparo al presidente Lasso. No le queda otra, pues se desenvuelve en un circo de tres pistas, cada una con intereses propios y no necesariamente los más sanos.

Él se mece en esta cuerda floja y sin red de protección, pues en la pista central, pomposamente llamada Asamblea, está huérfano de ayuda sincera y patriótica. Y así de uno a otro lado, en un peligroso vaivén, le toca balancearse de manera continua con descansos muy cortos que le sirven para ir a las consultas y recargar las baterías. A veces el espectador, pueblo mandante, se cansa de lo mismo y lo mismo. Ver cómo continúa aferrado al mamotreto, desconcierta, ya que en ese engendro del mal no va a encontrar la red de protección. Todo lo contrario, ahí solo encuentra francotiradores que cumplen los mandatos del prófugo, ansioso del regreso para seguir con sus bravuconadas, vejaciones y mordazas, para algún día hacer de este hermoso país, la tumba del pueblo ecuatoriano, bueno hasta más no poder, pero ignorante.

Todavía existen seres que creemos en que usted, presidente, no permitirá que nos aniquilen los robolucionarios izmierdistas.

Cumpla con lo que prometió. Atienda al pobre, al indio, pero no acabe con los buenos. Ellos no son el mal de la patria, la pobreza sí.