Columnas

La geopolítica del centralismo

Es la hora de sepultar el centralismo.

¡Centralismo! Es una palabra que les produce urticaria a quienes ostentan el poder geopolítico en el Ecuador, quienes, ante la mera mención del término instantáneamente responden con expresiones de ¡regionalismo! o ¡separatismo!, insinuando que los críticos del régimen unitario son traidores a la patria. Una versión más pedestre propone que la pugna contra el centralismo se origina en la proverbial rivalidad entre costeños y serranos.

No tengo tales prejuicios. Creo que debe existir una relación simbiótica entre culturas que, siendo individuales y con características propias escogieron vivir juntas; puedo argumentar que hemos arribado a la bifurcación entre centralismo o federalismo como regímenes de gobierno alternativos e irreconciliables. Es axiomático que la mejor forma de gobierno es la que está cercana a la gente, y que la buena gobernanza es inversamente proporcional a la distancia que separa a quien toma las decisiones de aquel que las debe acatar. Estamos, además, atosigados por la evidencia de un régimen centralista quebrado financiera y moralmente. Son doscientos años de subdesarrollo en un país que, en régimen de libertad, sería próspero, regionalmente equitativo e incluyente.

Fueron palabras al viento cuando se les advirtió que su visión de gobierno derivaría en una vulnerabilidad peligrosa. La economía no soporta un Estado que absorbe el 40 % del total del gasto y nutre su corrupción de una buena parte de ese botín; es una economía que no puede crear empleo, con inmovilismo laboral; no puede ser eficiente por estar sujeta a cuanto obstáculo burocrático se pone en el camino, y, es una sociedad incapaz de mantener un pacto de convivencia sustentable cuando unos pocos (actuando como señores feudales) se apoderan del trabajo de los demás y, con impuestos y cargas, les roban su presente y futuro.

La unidad tomará cuerpo desde el momento en que el Pacto Federal establezca con claridad los límites de la acción del gobierno central y las instituciones que a esa órbita correspondan. Las unidades federadas recaudarán sus impuestos, bajo un régimen de territorialidad, para suplir sus necesidades y tendrán la autonomía administrativa necesaria para ordenar sus espacios. Todo ello deberá ir de la mano del cumplimiento de las responsabilidades asumidas. Será necesario elaborar los detalles, pero sosteniendo los principios de autonomía y gobierno propios, alejados de injerencias ajenas al interés y ajustados a las posibilidades de cada quien.

El centralismo radicalizará peligrosamente las posiciones antagónicas. Está demostrado que las instituciones del gobierno nacional son, y continuarán siendo, rapaces e improductivas mientras se mantenga el ‘statu quo’; que los intereses de las autoridades están en permanente conflicto con los intereses de la gente; y que el tener una misma bandera, escudo y un himno no ha sido garantía de solidaridad nacional alguna, como ha quedado demostrado en la tragedia guayaquileña.

Los ataques de las guerrillas del centralismo no harán mella en el propósito. Si Ecuador habrá de tener un futuro como nación, debe quedar claro que solo el respeto irrestricto a cada unidad federada lo asegurará. Es la hora de sepultar el centralismo.