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¿Qué es lo que no se entiende?

Si el control de precios y la fijación de ingresos resolvieran los problemas de la gente, no existiría la Economía’.

Si fueron necesarios doce siglos para que se entienda y acepte la razón de ser de los intereses en los préstamos, no sorprende el que, quienes no quieren entender, sigan insistiendo en el subsidio a la gasolina, en la subida de sueldos para los que no existen ingresos, o para pagar la deuda de sesenta y tres años de gobiernos a un régimen previsional que no funciona.

El dinero no crece en árboles, pero la necedad es inagotable. El interés individual, que es legítimo, se lo pretende hacer cumplir atropellando los derechos de los demás: lo que no es aceptable. En el acalorado clima político que caracteriza al Ecuador existe, además, la estrategia de desafiar al gobierno por parte de los autodenominados “líderes sociales” que desean verlo fracasar.

No hay dinero para pagar cuentas adicionales de $3.000 millones anuales y reventar el seguro social para atender los intereses de un grupo. La Asamblea, grupo escogido de gentes que en su mayoría son fiscalmente irresponsables, aprobó, y un presidente falto de probidad firmó, una ley a sabiendas de que el gasto permanente debe estar cotejado con ingresos permanentes. En lo referente al seguro social, este tiene un serio desbalance y es insustentable en el tiempo; no es cuestión de que los aportantes lo manejen, o de que los gobiernos se pongan al día en los pagos (lo que no exime de la culpa del mal uso de los recursos aportados que suman miles de millones de dólares) cuando lo que se requiere es una reingeniería total del esquema para que deje de ser un bolsillo roto.

Las gasolinas son otra discusión atávica. La era del petróleo fue mayormente malversada entre las inversiones fallidas y los dineros robados, los combustibles subsidiados (el presidente tiene razón cuando se refiere a que los beneficiarios fueron los grupos pudientes, los contrabandistas y el narcotráfico), y los intereses pagados en la deuda pública que acumuló valores equivalentes a todos los ingresos petroleros y se llevó una gran tajada de los mismos. Sin embargo, insisten con necedad digna de mejor causa, en que se siga en la misma práctica dispendiosa, en medio de las alarmas encendidas respecto del calentamiento global.

No hay que ser experto en altas finanzas para concluir que no habrá financiamiento o, si lo hubiere, a costos inaceptables, para un país que pide plata para utilizarla en el subsidio de los combustibles.

¿Qué parte no se entiende? Si el control de precios y la fijación de ingresos resolvieran los problemas de la gente, no existiría la Economía. La oferta y la demanda no funcionan por decreto. En Ecuador no hay libertad plena de intercambio económico, y esa circunstancia da paso al abuso, a la fragmentación de los mercados, a la cartelización y a la marginalización de los productores de campo o de mar.

La solución a todos estos temas requiere, entre todas las acciones requeridas, una infusión fuerte de cultura económica; la mesura y eficiencia en el gasto público; y la intervención de la autoridad para garantizar transparencia y competencia en el intercambio. No tenemos doce siglos por delante para discutir estos temas cuando están de por medio no solo el bienestar de los habitantes sino la supervivencia misma de la sociedad.