Columnas

Símbolos (in)morales

Los símbolos hablan y también los símbolos mienten.

La política está plagada de frases vacías y de símbolos, y los políticos, de aquí y de todas partes, saben utilizarlos. Su análisis nos permite entender muchas cosas que van más allá de una primera y evidente lectura.

Podemos tener varias lecturas de algunos símbolos que ciertos políticos han usado en estos días previos. Por ejemplo, al prefecto de la provincia del Guayas, apenas al retomar su cargo, luego de las denuncias de corrupción, no se le ocurrió nada mejor que arriar las banderas del edificio de la Prefectura. Arriar una bandera significa rendición ante un enemigo, aunque, en este caso, no queda claro cuál sería su enemigo: ¿la justicia? ¿El país? ¿La verdad? La explicación dada por el prefecto Morales -lo hizo para lavarlas- permite otras nuevas (y abiertas) lecturas.

El segundo: Donald Trump posando Biblia en mano frente a la histórica iglesia episcopal de St. John, ubicada justo frente a la Casa Blanca, en la capital norteamericana. Aunque Trump sea evangélico, eso es lo de menos; su gesto simbólico iba dirigido a su base electoral, quienes lo ven como un redentor, a pesar de los miles de muertos por la pandemia, el abierto racismo y el retroceso en respeto de los derechos civiles. Gestos iguales han sido utilizados por Jair Bolsonaro en Brasil, quien constantemente recuerda que su segundo nombre es Mesías, o por la autoproclamada presidenta de Bolivia, quien además llama a combatir el coronavirus con rezos, penitencias y ayunos (el oscurantismo ha regresado).

Da igual arriar banderas o esgrimir biblias. Los símbolos hablan y también los símbolos mienten.

Decía Joseph Goebbels, al parecer mentor de algunos de estos “políticos”: “Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá“. Lo que sí queda claro es que el cinismo en política no tiene límites, mientras que la memoria de los ciudadanos suele ser limitada. Y si los símbolos no funcionan, no se preocupe, niéguelo todo, declárese perseguido político y vocifere con voz estridente y lastimera: ¡Viva la patria!