Fernando Insua Romero | Guayaquil 2026
Cuando la política se convierte en lucha por cuotas, cargos o venganzas, la ciudad se achica, las decisiones se frenan
Las crisis políticas tienen un efecto inmediato y otro más silencioso. El inmediato, acusaciones, defensas, bandos, consignas. El silencioso, más peligroso, la parálisis, producto del dejemos todo y defendamos ideologías o personas.
Una ciudad no puede funcionar al ritmo de pugnas partidistas o bacanerías; y la justicia debe hacer su trabajo con independencia y debido proceso. Mientras tanto, la ciudad tiene que seguir respirando: mantener la obra pública, cuidar sus espacios, proyectar crecimiento. La vida urbana no puede quedar en pausa -como en los últimos años- producto del crimen y de una carencia de visión de futuro. El gran urbanista brasileño Jaime Lerner lo resumía con una frase: “La ciudad no es el problema, la ciudad es la solución”. Esa idea ronda mi mente como lo que debe de ser una ciudad: el lugar donde los conflictos deberían transformarse en acuerdos prácticos y las diferencias ideológicas se subordinen a algo más urgente y real. ¿Olmedo no soñaba con que fuéramos tierra de hombres libres, no sometidos al despotismo; puerto abierto al mundo y cuna de civismo, que debía sostenerse con virtud y leyes, no con caudillos. Por eso cuando la política se convierte en lucha por cuotas, cargos o venganzas, la ciudad se achica, las decisiones se frenan, los proyectos se fragmentan, y cada grupo empieza a defender su parcela como pequeños reinos. Entre tanto, los grandes temas quedan en el aire: la integración con Samborondón, Daule, Durán; la coordinación de servicios; la visión común de desarrollo. ¿Vamos a dividirnos cuando más se necesita cooperación, a defender caudillos en lugar de proyectos? Conviene recordar que las ideologías pasan, la ciudad permanece. No es santuario de ninguna idea ni tumba de otra. Es el lugar donde la vida real ocurre y los problemas se resuelven o se profundizan.
Gobernar una ciudad no es hacer campaña permanente ni ajustar cuentas políticas. Cuando se gobierna pensando en personas se divide. Cuando se gobierna pensando en proyectos se deja senderos que otros seguirán. Una ciudad que avanza, aun en tiempos difíciles, demuestra que su verdadera fuerza no está en un nombre propio, sino en la voluntad colectiva de no detenerse.