Columnas

Decadencia artesanal

¿Se repite de cierta manera lo que ocurrió en las primeras décadas del siglo XIX, en que la era de la naciente industrialización dejó sin trabajo a los que elaboraban a mano copando entonces los mercados?

La industrialización parece estar acabando con la artesanía y ello porque el público consumidor de productos que antes fueron hechos a mano, con gran prolijidad, ahora prefiere lo que ya viene fabricado, evitando las medidas que deben tomar los zapateros, sastres, modistas o carpinteros y luego someterse a una espera que a veces no era tan corta. Y es que, además, la clientela de quienes ahora están pasando a la región del olvido se ha convencido de que las máquinas que elaboran los productos hechos en serie son más perfectas y, por ende, los productos más duraderos que aquellos de la vieja artesanía. Y a veces, hasta más baratos.

También la costumbre (que facilita la elección de los productos que se buscan en el mercado) de ir a los centros comerciales no solo significa un ahorro de tiempo sino la oportunidad de escoger sin esperar el resultado de lo que se mandaba a hacer, lo mejor fabricado, lo más perfecto, y lo que más coincide con nuestros gustos y necesidades gracias a la llamada “tecnología de punta”, que se usa incluso para producción científica. Basta una salida a la calle, pues, para encontrar lo que buscamos en la necesidad de cubrir nuestros cuerpos o nuestros pies o para amueblar la sala o comedor de nuestros hogares.

Una paradoja se interpone, sin embargo, en esta cómoda costumbre contemporánea de comprar directamente todo lo que ya está hecho con únicamente mirar las vitrinas de los almacenes llenos de los múltiples productos que se promocionan con intensa propaganda en los medios de comunicación y redes sociales. Esta se produce cuando recordamos que para adquirir en el pasado lo mejor de lo mejor nos dejábamos llevar por el prestigio de que un objeto que posee toda la belleza y comodidad que buscamos debe ser “una obra realizada a mano”.

Y ya no podemos repetir además el viejo y conocido apotegma de “zapatero a tu zapato”, porque con la falta de clientela que se viene produciendo, sean o no “remendones”, van a tener que andar “descalzos” en el futuro.

¿Se repite de cierta manera lo que ocurrió en las primeras décadas del siglo XIX, en que la era de la naciente industrialización dejó sin trabajo a los que elaboraban a mano copando entonces los mercados?