Columnas

La vida es una ultra

Pero tal como poetas, apóstoles y filósofos han insistido desde el amanecer de los tiempos, hay más en la vida que la lógica y el sentido común’.

Hace un par de años, luego de terminar de correr los 160 km de la ultramaratón de los Cayos en Florida, en una de las fotos que compartí en redes sociales dije que probablemente lo que más le sorprende a la gente cuando saben que corro ultramaratones es que he sufrido más en cada una de mis 18 maratones que en cualquiera de mis ultras; simplemente no entienden -eso, y el hecho de que mis corridas en entrenamiento pueden durar entre 5 y 12 horas-. Y añadía que la fuente de orgullo no está en los kilómetros, sino en la cultura y en la comunidad de los ultracorredores; sin dejar de mencionar que este es el único deporte en el mundo (de demanda física) en el que las mujeres suelen reventar a los hombres sin pena, y con toda la gloria.

Es un deporte raro, demandante y tonto. Blaikie decía que “probablemente la genialidad de la ultradistancia es su suprema falta de utilidad. No tiene sentido en un mundo de naves espaciales y supercomputadores, correr tan largas distancias a pie. No hay dinero en ello, y no hay fama; frecuentemente ni siquiera la aprobación de los amigos. Pero tal como poetas, apóstoles y filósofos han insistido desde el amanecer de los tiempos, hay más en la vida que la lógica y el sentido común. Los ultracorredores saben aquello por instinto. Y saben algo más que se pierde en los sedentarios: entienden, quizá mejor que nadie, que las puertas del espíritu se abren de par en par con el esfuerzo físico. Al correr esas largas y duras distancias, responden a un llamado de las más profundas esferas de su ser -un llamado que les pregunta quiénes son-”.

Hace poco murieron 21 corredores en una ultra de 80 km en China. Por exposición a bajas temperaturas. Esto no es común. El cambio del clima fue inesperado, no se trata de corredores que no llevaron chompa.

Hay que tener claro que las ultras son especialmente diseñadas para ser abrumadoramente difíciles. Destacan entre ellas Badwater (216 km en agosto, en el Valle de la Muerte, con temperaturas que superan los 50 grados Celsius); o ‘Barkley Marathons’ (160 km en un terreno tan inhóspito y difícil que solo 18 personas la han completado desde 1986); o Arrowhead 135 (216 km en Minnesota, con temperaturas de hasta 45 grados Celsius bajo cero).

La sorpresa en la comunidad viene porque el cambio del clima fue tan inesperado que, en un instante, el mundo era otro. Nadie corre una ultra sin estar preparado, nadie se atreve. En las 18 maratones que he corrido, han muerto 4 personas. En ninguna de mis ultras ha muerto nadie. El respeto es otro, porque la bestia es otra. Dice Andy Jones-Wilkins, que correr una ultra requiere esencialmente “aceptar la inevitabilidad de la desesperanza y empujarte más allá de ella”.

Cuando ocurrió el atentado en la maratón de Boston, escribí sobre ello. No puedo dejar de hacerlo ahora. “La muerte de todo hombre me disminuye, porque estoy implícito en toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas, porque doblan por ti”.

Acá, somos alrededor de 7 locos que estamos en estas. Entrenando en una calle que mide poco más de 1 mm, ida y regreso, incontables horas. Y seguiremos en ello. Después de todo, luego de que Zátopek dijo “si quieres correr, corre una milla, pero si quieres experimentar una vida diferente, corre una maratón”, alguien añadió “y si quieres hablar con Dios, corre una ultra”.