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R.I.P. Le Pew (o ¿cuándo perdimos el norte?)

"El problema radica a veces en que se tiene poco en cuenta la cultura del otro, para que prevalezca la propia: “'Me da igual que en tu cultura esa palabra no sea ofensiva. Lo es en la mía'"

De lo que se sabe, en una escena de la película Space Jam 2, Pepe Le Pew (el zorrillo amoroso y maloliente que iba siempre detrás de una gata que había tenido la mala suerte de pintarse la espalda de blanco -aparentando ser zorrillo hembra-) aparecía en una secuencia en blanco y negro atendiendo un bar al estilo del Café Rick’s de Casablanca. Y empieza a coquetearle a una mujer (Grecie Santo): le besa el brazo y ella lo estrella contra una silla, para luego echarle sobre la cabeza la copa que estaba bebiendo y propinarle una cachetada que lo deja girando en el taburete hasta que la mano de LeBron James lo detiene y le dice que no se puede tocar a los otros dibujos animados sin su consentimiento.

Aparentemente, la escena fue eliminada porque incitaba al acoso sexual. Gracie Santo, que ha sufrido acoso en carne propia, y ha sido activa en denunciar el tema, se molestó con el corte de la escena; después de todo era la primera vez que la mofeta recibía su merecido. Y la primera vez que el mensaje correcto estaba allí.

El rechazo a Le Pew siempre se originó en su mal olor, no en su afán de buscar amor. La gata no huía del acoso, sino de la pestilencia (pero entiendo que en el mundo de hoy pueda interpretárselo diferentemente); tanto así que recuerdo que en uno que otro ‘cartoon’, cuando la gata perdía el olfato, o Pepe se perfumaba, ella respondía muy bien al cariño del zorrillo. Incluso hay un corto en el que se invierten diametralmente los papeles.

Por otro lado, 6 libros para niños, de Dr. Seuss, no volverán a publicarse porque “representan personas en maneras equivocadas e hirientes” (en imágenes que pueden considerarse racistas).

Disney no se queda atrás: varios de sus clásicos (Peter Pan, El Libro de la Selva, etc.) hoy vienen con advertencias en su canal. Anotan que los filmes contienen estereotipos raciales que estuvieron y están mal, y que el contenido perpetúa representaciones negativas de culturas y gente.

¿Por qué se cancela la publicación de libros de Seuss pero aceptamos un simple aviso en las películas de Disney? ¿Por qué se corta la escena de Space Jam y no basta una advertencia?

En otro orden de hechos, pero de similar universo, a fines del 2020, se armó un escándalo luego de que el uruguayo Cavani, del Manchester United, llamara “negrito” en Twitter a un amigo: “Gracias, negrito”, le dijo en respuesta a una felicitación. Y la Asociación de Fútbol inglesa le abrió un expediente por racismo y lo sancionó con 3 partidos sin jugar. No importó que la Academia Argentina explicara que en el español común, ordinario y compartido que hablamos en Latinoamérica, las voces “negro” y “negrito” poseen “un claro sentido afectivo, por completo exento de cualquier matiz discriminador o racista”.

Como bien escribió Álex Grijemo, en la lucha contra los racistas, más que combatir ciertas palabras hay que combatir ciertas intenciones. El racismo ofende a la humanidad, pero también ofende ser tachado de racista simplemente por usar la palabra “negro” en una lengua que no la acuñó con desprecio. El problema radica a veces en que se tiene poco en cuenta la cultura del otro, para que prevalezca la propia: “Me da igual que en tu cultura esa palabra no sea ofensiva. Lo es en la mía”. Y eso constituye también una forma de supremacismo.

Es fácil y cómodo exagerar en estas cosas... pero no perdamos perspectiva.

Por Emilio Romero Jouvin