Columnas

Putin y Xi, el imperio del resentimiento

¿Qué impulsa este inesperado y peligroso descarrilamiento? ¿Por qué echará Putin los verdaderos intereses nacionales de Rusia por la ventana, invadiendo lo que fuera un país hermano?’.

Poco después de ver la noticia de la invasión rusa de Ucrania, recibí un email que pareció señalar otro hito en el desmantelamiento del viejo orden global. Tenía entradas para asistir a un concierto de la Filarmónica de Viena en el Carnegie Hall y me enviaron un «anuncio de atención al cliente» para informarme que Valery Gergiev (descrito como «amigo y destacado simpatizante del presidente de Rusia Vladímir V. Putin») ya no iba a dirigir la orquesta. Tras ello, muchas otras orquestas también cortaron relaciones con Gergiev. Hasta la invasión rusa, todavía se podía creer que un «desacople» total de Occidente respecto de China y Rusia fuera a la vez improbable e imprudente. Pero la remoción de Gergiev es una metáfora del modo en que el recién creado eje sinorruso está catalizando una fractura que afectará todo, desde intercambios culturales hasta el comercio internacional. En los tiempos de paz de la globalización parecía que las cadenas globales de suministro prometían beneficios ilimitados para todos, sin prestar atención al modelo ideológico o político del otro país. Así fue que Occidente y buena parte del resto del mundo se volvieron codependientes de Rusia (por el gas) y China (por tierras raras, polisilicio, medicamentos y simples bienes de consumo). ¿Por qué estos dos autoritarios modernos, Putin y Xi, se entregan a impulsos tan autodestructivos, malquistándose con tantos países importantes justo cuando el mundo se estaba volviendo tan interdependiente? Ambos son hombres profundamente inseguros y paranoicos, moldeados por relatos históricos de resentimiento (sobre todo contra las «grandes potencias» de Occidente) que giran en torno de tópicos leninistas basados en ideas de explotación extranjera, humillación y victimización. Demonizan a las democracias occidentales, acusan a Occidente de tener actitudes arrogantes y desdeñosas. Más que cualquier otra cosa, Putin y Xi quieren respeto. Pero saben que la mayoría de líderes occidentales no respetan (y probablemente jamás respetarán) su autoritarismo. Este déficit de respeto ha creado su imperio de resentimiento y reproches. Quieren al mismo tiempo derribar el orden occidental y ser objeto de su estima. Los anima una contradicción que no se resolverá por más que Occidente intente darles garantías. La fuerza magnética del resentimiento compartido acercó a estos dos exrivales que declararon que su alianza «no tiene límites». Insisten en que corresponde a los habitantes del país «decidir si su Estado es democrático» y aseguran que lideran una nueva clase de democracia. La cuestión ahora es si Rusia y China podrán mantener su pacto oportunista tras la decisión de Putin de ir a la guerra. Xi lo llamó a explicarle que si bien comprende los temores de Rusia por su seguridad, China respeta la soberanía de los estados nacionales y sostiene los principios de la Carta de las Naciones Unidas. Lo más probable es que la aversión compartida que profesan a la democracia liberal (y a los aires de superioridad de los líderes democráticos) terminará imponiéndose sobre la anticuada idea decimonónica de que la soberanía nacional es sagrada. El relato de victimización que mediante la reactualización de resentimientos da sustento psicológico al nacionalismo de ambos países es demasiado potente para que lo anulen las sutilezas del derecho internacional.