Columnas

No es otra Primavera Árabe

Pero en algunos casos, la Primavera Árabe degeneró en regímenes islamistas hegemónicos y en otros casos llevó prácticamente al derrumbe del Estado.

“Un fantasma recorre el mundo rico. Es el fantasma de la ingobernabilidad”. Así comienza un editorial de The Economist publicado hace unos meses, que imita la primera línea del Manifiesto comunista. Pero este problema no afecta solo a países desarrollados. En todo el mundo árabe, la gente salió a las calles a manifestar que no se dejará gobernar hasta que sus dirigentes gobiernen bien. Los detonantes inmediatos de las protestas varían según el país. Pero estas chispas han podido causar incendios solo porque ya había abundante material inflamable. 

Es tentador suponer que igual que en la Primavera Árabe de 2011, el combustible de los incendios actuales es el anhelo popular de democracia. Pero en algunos casos, la Primavera Árabe degeneró en regímenes islamistas hegemónicos y en otros casos llevó prácticamente al derrumbe del Estado. Ya demasiado extenuados para esperar gobiernos plenamente democráticos, los manifestantes actuales piden gobiernos funcionales y razonablemente responsables ante la población. Cualquier Estado que funcione, democrático o no, depende de un contrato social, donde el gobierno deriva su legitimidad de la capacidad para proveer condiciones para el progreso económico sostenido, la disponibilidad de empleo seguro y una red de seguridad social confiable. Las dictaduras árabes, supeditadas a oscuros intereses económicos y protegidas por aparatos de seguridad corruptos e incontrolables, han violado una y otra vez este contrato. 

Hechos recientes agravaron los padecimientos económicos de las poblaciones árabes, y para mucha gente fue demasiado (en Irak, el malestar por la corrupción y el desempleo es tan grande que ni siquiera se necesitó un detonante inmediato para que la gente saliera a las calles). En general, los nuevos manifestantes plantean una serie de demandas materiales concretas. Esperan que así el movimiento de protesta no corra la misma suerte que la Primavera Árabe, en particular porque tiene apoyo multisectario. Los levantamientos de la Primavera Árabe de 2011 fracasaron en parte por las profundas divisorias sociales (entre shiitas y sunitas, drusos y kurdos, yihadistas radicales e islamistas políticos, bereberes y árabes, cristianos y musulmanes). Asediados, los autócratas aprovecharon enseguida esas tensiones para debilitar a la oposición y reafirmar su autoridad. 

En Argelia, Irak, Líbano y Sudán no faltan divisorias étnicas y religiosas, y estas incluyen historias de conflicto sectario. Pero en esos países, los manifestantes han querido y han podido trascender sus diferencias. Aunque también hubo pedidos de amplias reformas políticas. La armonía interétnica será mucho más fácil allí donde las protestas se centren en el malestar económico compartido, en vez de grandilocuentes sueños de democracia y construcción nacional. Sin embargo, la mejor manera a largo plazo para desafiar el poder de la dirigencia actual es mediante coaliciones interétnicas amplias. 

Por ahora, aunque los manifestantes no caigan en las trampas de 2011, siguen siendo muy vulnerables. Enfrentan poderosos aparatos represivos, sin líderes convincentes ni estrategias claras, y ninguna potencia extranjera está dispuesta a intervenir para poner fin a la represión. Los nuevos manifestantes árabes adecuaron sus tácticas y objetivos a las enseñanzas de la Primavera Árabe. Puede que consigan (de hecho, ya consiguieron) que los gobiernos hagan algunas concesiones para restaurar la gobernabilidad. Pero que superen la resistencia de los aparatos represivos estatales y logren mejoras institucionales genuinas, eso todavía es muy incierto.

Shlomo Ben-Ami. Exministro israelí de Asuntos Exteriores, es vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz y autor del libro Cicatrices de guerra, heridas de paz: la tragedia árabe-israelí.