Columnas

Lo último que necesita este siglo

A diferencia del pasado, una guerra fría aceleraría, no evitaría, una segura destrucción mutua

La cumbre del G7 pareció confirmar lo que por largo tiempo ha sido evidente: Estados Unidos y China están entrando a una guerra fría similar a la que hubo entre EE.UU. y la Unión Soviética en el siglo veinte. Occidente ya no ve a China solo como competidor, sino como un contendor civilizatorio. Una vez más, el conflicto parece girar alrededor de dos “sistemas” mutuamente excluyentes. Pero, vista más de cerca, la comparación con la Guerra Fría se presta a equívocos. La rivalidad sistémica entre EE.UU. y la URSS estuvo precedida por una de las guerras “en caliente” más brutales y catastróficas de la historia. Si la Alemania de Hitler y el Japón imperial no hubieran buscado el dominio del planeta mediante la conquista armada, EE.UU. y la Unión Soviética jamás habrían sido aliados. Tan pronto terminó la guerra, se reanudó la contienda entre el comunismo soviético y el capitalismo democrático occidental. Al mismo tiempo, el nacimiento de la era nuclear perturbó de manera fundamental la política de las potencias al convertir toda guerra futura por la hegemonía global en un imposible sin la autoaniquilación. La seguridad de una destrucción mutua mantuvo “fría” la confrontación. La situación actual entre Occidente y China es totalmente distinta. China ha creado un modelo híbrido en que coexisten los mercados y la planificación central, y la propiedad estatal y privada: modelo “Marxista-Leninista de Mercado”. El carácter híbrido del sistema chino explica su éxito. China va en camino a superar a EE. UU. en lo tecnológico y lo económico alrededor de 2030, un logro que la URSS nunca tuvo. ¿En torno a qué debería girar la Guerra Fría II? ¿Cuál será la potencia hegemónica del siglo XXI? Al unir fuerzas con el resto de Occidente, ¿puede EE.UU. realmente cambiar la trayectoria histórica del ascenso de China y el relativo declive de Occidente? Lo dudo. El reconocimiento por parte de Occidente de que China no se volverá más democrática por su desarrollo económico y su integración a la economía global es una deuda largamente necesaria. La codicia mantuvo a flote esa fantasía por demasiado tiempo.

Pero aventuraré una predicción: el siglo XXI no se caracterizará principalmente por un regreso a la política de potencias. La experiencia de la pandemia nos obliga a adoptar una visión más amplia. El COVID-19 fue un mero preludio a la inminente crisis climática, un reto global que obligará a las grandes potencias a abrazar la cooperación por el bien de la humanidad, sin importar quién sea el “Número Uno”. Por primera vez en la historia, la pandemia ha convertido a la “humanidad” en más que una abstracción, convirtiendo ese concepto en un campo de acción material. Para contener el coronavirus y evitarnos a todos la amenaza de las nuevas variantes serán necesarias más que ocho mil millones de dosis de vacunas. Suponiendo que el calentamiento global y la sobrecarga de los ecosistemas regionales y globales sigan al mismo ritmo, este mismo campo de acción global será el predominante en el siglo veintiuno. En este contexto, la pregunta de quién está en la cima se decidirá no mediante la política de grandes potencias tradicionales, sino por cuáles potencias aporten el liderazgo y la competencia que la situación exige. A diferencia del pasado, una guerra fría aceleraría, no evitaría, una segura destrucción mutua.