Benn Steil | El nuevo viejo orden mundial de Trump
Esta orientación sugiere un intento de restaurar un orden internacional previo a la I Guerra Mundial
La prensa ha presentado la destitución del dictador venezolano Nicolás Maduro por parte del presidente estadounidense Donald Trump como un ejemplo dramático de una nueva Doctrina Donroe, una política exterior que combinaría la diplomacia transaccional de Trump con la antigua Doctrina Monroe. Pero esta personalización resulta problemática, pues Trump fue elegido con una plataforma que rechazaba explícitamente el “cambio de régimen” y la “construcción nacional” que hoy parece dispuesto a practicar. Esta aparente contradicción refleja, más que incoherencia personal, un cambio profundo en la forma en que se concibe la política exterior estadounidense.
Aunque Trump tomó la decisión final de derrocar a Maduro, el plan fue elaborado por el Departamento de Estado, el Pentágono y la CIA, lo que revela un consenso institucional en torno a la primacía hemisférica. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional afirma explícitamente que EE.UU. negará a potencias no hemisféricas la capacidad de controlar activos estratégicos en el continente americano. Este alarde de fuerza debe entenderse junto con la disposición de Trump a ceder territorio ucraniano a Rusia y su indiferencia frente a las amenazas chinas sobre Taiwán. El denominador común es un repliegue selectivo: la élite estadounidense busca compensar su retirada de conflictos globales insolubles con demostraciones de poder más cerca de casa. Esta lógica se expresa simbólicamente en la admiración de Trump por James Polk, presidente del siglo XIX que expandió territorialmente a EE.UU. más que ningún otro.
Lejos de ser una muestra de esquizofrenia política, esta orientación sugiere un intento de restaurar un orden internacional previo a la I Guerra Mundial, cuando EE.UU. tenía ambiciones globales limitadas y un vecindario más controlado. Aunque las guerras mundiales ampliaron el alcance global estadounidense, nunca desaparecieron del imaginario nacional las advertencias de George Washington y John Quincy Adams contra los enredos extranjeros. En un contexto de ansiedad electoral por la inmigración y la deslocalización laboral, el retorno a una política exterior decimonónica resulta menos sorprendente.
Existen dos modelos para entender la evolución del orden internacional desde 1945. El primero es la tesis del Fin de la historia, de Francis Fukuyama, según la cual la democracia liberal había triunfado definitivamente tras la Guerra Fría. El segundo, menos conocido en Occidente pero influyente en China, proviene del jurista alemán Carl Schmitt, quien rechazaba el liberalismo universalista y sostenía que el mundo tiende naturalmente a dividirse en grandes espacios regionales (Großräume) dominados por potencias líderes.
Para Schmitt, el orden liberal de posguerra era contingente y estaba destinado a erosionarse con el ascenso de potencias iliberales. Consideraba innecesario -y perjudicial- el derecho internacional y veía instituciones como la ONU, la OTAN o el FMI como instrumentos del poder estadounidense disfrazados de universalismo moral. Predijo que potencias como China explotarían la apertura liberal mientras permanecían políticamente cerradas, debilitando así el sistema. Schmitt veía la Doctrina Monroe como el primer ejemplo moderno de pensamiento Großraum y habría interpretado las guerras de Afganistán e Irak como consecuencias inevitables del intento estadounidense de sostener un orden universal inestable. Desde su perspectiva, el repliegue hacia una postura monroviana sería previsible, aunque costoso. Ese costo podría incluir la desintegración de la OTAN, una mayor inestabilidad en Europa y un militarismo chino más agresivo en Asia. Incluso si algunos escenarios se moderan, todo indica que el orden liberal internacional ha presenciado su último amanecer.