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César Febres-Cordero Loyola | El jefe supremo

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Siempre se ha dicho -y muchos hemos coincido con ello- que este es un país ingobernable

Muy pocas cosas le gustan tanto a un mandamás tropical como los títulos rimbombantes. Latinoamérica, que aún vive plagada de líderes máximos y presidentes vitalicios, instalados de abajo para arriba y desde la izquierda hasta la derecha en casi toda asociación civil u organización política, tiene hombrecitos con designaciones superlativas como para exportar. Lamentablemente, la sobreoferta global no permite revalorizar mucho esta plaga (así que apostémosles nomás a los mariscos y al cacao).

En el caso particular ecuatoriano, rápidamente vienen a la memoria presidentes que disfrutaron exageradamente de la autotitulación. Uno, por ejemplo, llego al ridículo de acuñar para sí el término de “dictócrata”, mientras que otro declaró, sin ningún empacho, que consideraba que, como jefe de Estado, era la cabeza de todas las funciones además de la Ejecutiva.

Pero nuestro problema con los mandones va más allá del anecdotario de nuestra historia reciente. El Ecuador se pasó buena parte del siglo XIX en una constante lucha civil que enfrentó a caciques locales y hombres a caballo, quienes se vivían autoproclamando jefes supremos de alguna provincia o incluso de todo el país. Después vino el siglo XX que, aunque tuvo su buena dosis de lo mismo, vio al país llegar lentamente hacia una temprana madurez -o quizá solo una edad del burro- en la que por lo menos los pronunciamientos militares son pocos y fracasan. Ahí seguimos.

Si bien estas ya no son las épocas de dictadores, golpes y autogolpes, las peores inclinaciones autoritarias del pasado viven todavía en nosotros y gobiernan nuestra sociedad. Es propio de nuestra necedad y falta de memoria que no nos demos cuenta de que seguimos apostando por una fórmula que poco ha cambiado: otro hombre duro, otra componenda de amigos y parientes, otra toma del sistema judicial y otra ronda de persecuciones.

Siempre se ha dicho -y muchos hemos coincido con ello- que este es un país ingobernable. El Ecuador más parece en estos días un país indolente. Los paros, últimos resquicios de la política de barricadas, no son más que la excepción que prueba la regla: pasa de todo y absolutamente nada importa.