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Godoy y la democracia

Avatar del Arturo Moscoso Moreno

El verdadero examen es si la Asamblea está dispuesta a ejercer su función de fiscalización 

El debate alrededor del juicio político a Mario Godoy ha vuelto a colocar a la Asamblea frente a una pregunta incómoda que va mucho más allá de este caso concreto. No se trata solo de decidir sobre un funcionario, sino de demostrar si ese organismo es capaz de cumplir sus funciones más allá de la componenda.

En ese contexto, el reciente pronunciamiento de Participación Ciudadana es más un recordatorio que una posición. La sociedad civil no le pide a la Asamblea más sesiones, horarios estrictos ni mayor disciplina interna. Le exige algo más elemental y, al mismo tiempo, más difícil. Actuar con ética, independencia y sentido de responsabilidad institucional. Es decir, cumplir con su razón de ser.

Siempre, cada nueva Asamblea promete ser mejor que la anterior. Más orden, más presencia en el Pleno, más días de trabajo. En su momento, el presidente Olsen intentó reforzar esa idea de autoridad y disciplina. Sin embargo, la experiencia mostró algo evidente. El orden administrativo no garantiza calidad democrática ni control efectivo del poder. Un asambleísta puede ser puntual y, al mismo tiempo, irrelevante.

El juicio político es, por definición, un acto político. No es un sumario administrativo ni un ejercicio de eficiencia institucional. Exige criterio, independencia y la disposición a incomodar. Cuando se lo diluye en cálculos coyunturales o se lo posterga por conveniencia, el problema no es procedimental, es institucional.

Por eso, el fondo del debate no es si Godoy debe o no ser censurado. El verdadero examen es si la Asamblea está dispuesta a ejercer su función de fiscalización incluso cuando hacerlo tiene costos. Ningún acuerdo circunstancial puede estar por encima de la institucionalidad sin erosionar el Estado de derecho.

Si la Asamblea quiere diferenciarse de sus antecesoras, no lo logrará con relojes, listas de asistencia o discursos de autoridad. Lo hará cuando asuma, sin rodeos, que controlar al poder no es un favor ni una opción, sino su misión primordial. La democracia no se fortalece con orden interno, sino con contrapesos reales.