Andrés Isch | Desconexión
Quizás tenemos el futuro de la sanidad emocional y deberíamos coincidir en una gran política nacional para aprovecharlo.
Por seguridad, guardo todo lo relacionado a mi trabajo en una nube y, hace unos días, la totalidad de lo que tenía allí desapareció. Tres años de investigaciones, análisis, documentos, artículos y cuántas cosas más que no puedo recordar. Entre esfuerzos por encontrar archivos enviados a terceros, venía la desesperación por cumplir con reuniones, plazos, mensajes, correos… Finalmente, se pudo recuperar la información y la angustia de dos noches sin dormir quedó en una irrelevante anécdota.
Esto me recordó una hermosa conversación entre Claudia Tobar, Matías Peghini y Cayetana León en Laboratorio de Futuro (quienes aún no siga este podcast, háganlo, me lo agradecerán) sobre el valor de la desconexión. Estamos abrumados por la tecnología y más dependientes de ella de lo que somos conscientes, vinculando la mayor parte de nuestras vidas a asistencias virtuales de algún tipo. Los empleos se han rediseñado sobre herramientas eficientes, pero sin las cuales cuesta mucho improvisar soluciones; el ocio tiene a las pantallas como elemento esencial e incluso las relaciones interpersonales se han visto afectadas al punto de que cuesta salir de las tribus digitales o conseguir validación individual cuando no hay suficientes ‘likes’. Y todo esto antes de la llegada de la inteligencia artificial, cuyo uso por el momento es marginal, pero que pronto estará tan integrada a los procesos industriales y de servicios; mañana tendremos que enfrentarnos a una seria pandemia de humanos deambulando sin ocupación ni propósito.
¿El Ecuador puede competir con los avances y sacar tajada de la nueva realidad productiva? Seguramente no, pues seremos usuarios de los desarrollos y no quienes lideremos la transformación. Pero sí tenemos algo que pocos poseen: la enorme cantidad de experiencias para ponerlas a disposición de quienes necesiten huir hacia un mundo real, con sabores y colores únicos, pasando del misticismo de la Amazonía a la sensibilidad de los Andes o a la calidez de la Costa. Tenemos diversidad y belleza, y amabilidad. Quizás tenemos el futuro de la sanidad emocional y deberíamos coincidir en una gran política nacional para aprovecharlo.