Malas lecciones, peores ejemplos

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Malas lecciones, peores ejemplos

Que nuestros niños y jóvenes no aprendan estas lecciones ni sigan esos ejemplos es responsabilidad de todos.

La convulsión vivida en nuestra patria durante el último paro del indigenado deja, como todo acontecimiento plausible o desgraciado, no solo secuelas físicas y concretas, sino también heridas y traumas que se marcan como buenas o malas lecciones en la conciencia ciudadana y las mentes de niños y adolescentes que atestiguan dichas circunstancias.

La primera de estas tristes lecciones es la enseñanza de que la prepotencia, el odio, la destrucción o el maltrato son buenos para conseguir lo que deseamos a partir de la imposición y el sometimiento del otro.

La segunda, no menos triste o penosa, es que la autoridad que no se anticipa a los acontecimientos sufre la tardanza de sus decisiones y se condena a ceder impotentemente. Esto, sin duda, cambia las viejas lecciones políticas de “no des hasta que no te pidan”. Hoy hay que anticiparse, hay que atender con prelación las necesidades ciudadanas.

La tercera triste lección y mal ejemplo es el no querer asumir responsablemente los males causados, la destrucción y el vandalismo con los que se atemorizó y doblegó a diversas comunidades. No debe existir la irresponsabilidad. Los destrozos ocasionados tienen siglas y nombres propios y sus autores tienen que hacerse cargo de la reparación de lo causado.

El querer desentenderse de las competencias propias del liderazgo, atribuyendo las malas acciones a terceras personas, calificándolas de infiltradas, resulta ser una enseñanza tartufa y cobarde, tan grave como la de aquellos que se embozan y enmascaran para no ser reconocidos mientras delinquen.

Que nuestros niños y jóvenes no aprendan estas lecciones ni sigan esos ejemplos es responsabilidad de todos: de padres, de educadores, de autoridades.

Es importante hacerles reflexionar y analizar con ellos los acontecimientos; enseñarles que la barbarie no debe ser imitada, que la solidaridad sí debe existir, pero sin ser secuestrada por mañosas trampas de racismo y vulnerabilidad.

La patria se merece mejores tiempos y un desarrollo febril que nos haga crecer y unifique la nación.