Sicarios en el periodismo

No hay ningún pichirilo en el Gobierno que ataque a periodistas informales

El peor atentado a la libertad de expresión fue el ataque a Juan sin cielo en 1955, en el velasquismo, por parte de cuatro pesquisas bautizados como pichirilos. Tuvieron la intención de quitarle la vida. La causa fue una campaña de denuncias que hizo contra la administración velasquista. Años después los peores atentados a la libertad de expresión se dieron en la época del correato. Ahora se afirma que hay otro atentado a esta libertad, que parte de una suposición falsa. No hay ningún pichirilo en el Gobierno que ataque a periodistas informales. La verdad que se describe es contar lo que se ve, sin interpretarla. Únicamente los jueces están llamados a calificar si esta 'verdad' es la que se afirma y si las pruebas se obtuvieron legalmente. La fuente de información tiene un rol importante; ahí hay un valor cotizable por dos aspectos: el enriquecimiento ilícito o el crecimiento de la influencia política, a más de que se sirve para la coyuntura política que se tiene fijada de antemano. El castigo al periodista es más grave que su ofensa por la falacia ‘ad-hominen’. De la misma manera en que los atacados responden con insultos cuando el argumento no es sostenible. Y todo se remite al uso y abuso de la palabra democracia. Es posible que el presidente se haya exacerbado por el ataque personal, pero es tan humano como cualquiera. Y si hubo difamación para eso están las leyes. El aspecto más curioso es que se da una coincidencia rara: precisamente cuando el Gobierno atraviesa su crisis más grave, estos profesionales en vez de ir a Fiscalía a denunciar el hecho acuden a la Asamblea para agitar el avispero. En el país ya no hay pichirilos pero los que agitan las aguas para pescar a río revuelto lo desean y quién sabe si hasta están haciendo algo para resucitarlos.

Francisco Bayancela G.