Cartas de lectores

Una mente cultivada no se pone de rodillas

Existen, a mi juicio, dos maneras de conducirse por la vida, la una de pie y con la frente en alto; la otra, de rodillas. Quienes caminan de pie miran a los otros seres humanos como iguales, a la misma altura de la mirada intelectual, con respeto y consideración, admirando las buenas características y tal vez, criticando las malas. Los que caminan de rodillas miran a algunos, por no decir a todos, desde abajo, como a seres superiores. Se puede considerar que estar de pie o de rodillas, simbólicamente hablando, es una posición del intelecto personal. 

Quienes enfrentan la vida de pie hacen uso de su propio entendimiento natural, lo expresan y lo defienden. Los que caminan de rodillas no pueden hacer uso de su propio pensamiento sin la tutela de los que consideran superiores. Quienes están de pie en la vida, dilucidan y analizan las conveniencias socio-políticas con naturalidad y comparan criterios con sus iguales. Quienes se trasladan de rodillas solamente repiten lo que les dice el ser “superior”. Someten su ser a obediencia y sumisión. Y por lo general se agrupan en conglomerados gregarios, obedientes, seguidores ciegos, incapaces de asumir puestos de mando, de dirigentes. Por lo general fracasan estruendosamente en mandos bajos, medios y altos. Quienes caminan de pie hacen respetar sus criterios, aportan con ideas e iniciativas; tienen la capacidad de asumir posiciones políticas. 

Los que caminan de rodillas aceptan que sus destinos o decisiones sean asumidos por otros: por ej., que los nominen candidatos a cualquier dignidad, respaldados únicamente por la voluntad de quien los designa. Nunca sobresalieron del montón. Los que caminan de pie sobresalen por sus propios méritos y las candidaturas vienen por consenso de quienes los rodean. Normalmente ya han sobresalido por sí solos. Para escoger un candidato, a la dignidad que sea, debemos siempre optar por los que caminan de pie. Los que caminan de rodillas no son merecedores de confianza para nada. Por lo general, un intelecto fortalecido no se arrodilla jamás.

Ing. José M. Jalil Haas