El piloto que nunca voló

  Guayaquil

El piloto que nunca voló

Se llama Jorge Giler, viste uniforme y lleva arrastra una maleta de viajero por el aeropuerto, donde cumple horario aunque no es parte del personal

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GUAYAQUIL. Nunca está quieto. Sube y baja, a veces sin hacer nada; en otras, brindando información a los viajeros.Ronald G. Soria / EXPRESO

Cuando Jorge Giler Zambrano decide sentarse a tomar su café a eso de las 11:00, se desentiende de cualquier responsabilidad. Porque las tiene, aunque no aparezca en el rol del personal que labora en el aeropuerto José Joaquín de Olmedo de Guayaquil.

Sin embargo, nadie como él cumple de manera rigurosa un horario de trabajo. No importa si es lunes o domingo; si es día de elecciones o feriado, como el pasado Viernes Santo, cuando él hacía sus recorridos por las diferentes áreas del complejo aeroportuario de Guayaquil, mientras todo el mundo local, católico o no, tomaba descanso o visitaba las iglesias.

A esa hora (las 11:00), Jorge, o George, como también se lo conoce, se sentó en algún rincón de cualquiera de los restaurantes ubicados en las salas de Salida Nacional o Internacional, sacó de una bolsa un pomo con café soluble y un termo; además de una pequeña cuchara y un recipiente con azúcar. Se tomó media hora en este asunto. Luego, con la rigurosidad del caso, comenzó a guardar cada elemento usado, antes de levantarse para volver a ocuparse de sus tareas diarias.

¿Seguro que no aparece como empleado de Tagsa?, fue la pregunta que EXPRESO hizo a una de las dependientes del cubículo de Información del aeropuerto.

La respuesta fue contundente: “Señor, he buscado en el archivo digitalizado de personal y no aparece ningún Jorge Giler por ningún lado”.

Puede que el Jorge Giler por el que se indagaba no esté en esa lista, pero de que en ese momento, esta persona se encuentre cumpliendo con su rutina es algo de lo que puede dar cuenta cualquiera de las cerca 10 mil personas que entran y salen a diario por este complejo, ubicado a un costado de la avenida de las Américas.

Es fácil distinguirlo. Viste de saco y pantalón azul marino, camisa blanca y suele ir arrastrando una maleta de viajero. Unas cuantas credenciales le cuelgan del cuello. Son cosas que le regalan, sus conocidos, personal del aire. A veces hasta asume el paso acelerado que es común ver en los pilotos de los aviones comerciales que van y vienen por este recinto.

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GUAYAQUIL. Unas cuantas credenciales le cuelgan del cuello. Son cosas que le regalan, sus conocidos, personal del aire.Ronald G. Soria / EXPRESO

“Ud. se refiere a Jorgito”, sostenía uno de los agentes de la oficina de ventas de la empresa aérea Tame en el aeropuerto. “No, él no es piloto”, aclara.

Pero lo parece, hasta guarda en su maleta un libro en cuya pasta se lee: Manual de instrucción de vuelos. Fuerzas Armadas del Ecuador.

EXPRESO quiso que el mismo Giler le aclarase su relación con el aeropuerto. “Claro que he volado. Lo hice durante seis años. Ahora ya no, pero doy apoyo psicológico a los pilotos”.

Algo que no fue confirmado por sus familiares. “No, él solo va al aeropuerto para ayudar a las personas de allá”, dijo una sobrina política. Tampoco lo aceptó su hermana Dolores, quien le costea el traslado diario de la casa al aeropuerto, “porque él no trabaja”.

Claro que he volado. Lo hice durante seis años. Ahora ya no, pero doy apoyo psicológico a los pilotos.

Jorge Giler,
​el personaje del aeropuerto

“Puede que lo de volar, solo esté en su cabeza”, dice Oswaldo Salinas, uno de los periodistas que cubren aeropuerto, y quien reconoce que durante un buen tiempo hasta pensó que era agente encubierto de la Policía Antonarcóticos. Junto con sus colegas hasta le han celebrado cumpleaños a George, como lo llaman. “Es una buena persona, a pesar de que está un poquito ido. Él mismo dice: yo soy un loco consciente”.

Los Giler Zambrano habitan una casa de tres pisos en las calles Huancavilca y la 13. Un barrio en el que se lo ubica como alguien que trabaja en el aeropuerto.

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GUAYAQUIL, Nadie como él cumple de manera rigurosa un horario de trabajo. No importa si es lunes o domingo; si es día de elecciones o feriado, como el pasado Viernes SantoRonald G. Soria / EXPRESO

“Siempre lo veo pasar por aquí”, dice Doris Tumbaco, quien labora en un bazar.

Son las 17:00 de un lunes. A esa hora, Jorge ha decidido volver a casa. Antes de esto, buscó un área de poca circulación de viajeros.

Ahí, se sienta y saca una Biblia. Alguien intenta llamar su atención. Él lo increpa: “Señor, dice, es un momento en el que me encuentro con Dios. No se me debe interrumpir, por favor”.

Diez minutos después, levanta la mirada y asume la cordialidad por lo que se ha hecho querer en este aeropuerto: “Ahora sí señor, dígame para qué soy bueno”.

Lo que sigue es una larga conversación en la que Jorge, todo un singular personaje, discurre entre su tiempo de colegio y su vinculación con la religión evangélica.

Al término, emprende el camino a casa. En ese tránsito, se despide del personal de seguridad, de las auxiliares de vuelo, de los empaquetadores de maleta. Es más, si en el trayecto se encuentra con alguno de los pilotos de vuelo, más de uno se lleva la mano a la frente, como si saludase a uno de sus iguales. Pero es solo George, el hombre que se cree aviador.