médico José Giler en el Cetad
El médico José Giler atiende a diario a consumidoras que acuden al Centro Especializado en el Tratamiento de Adicciones (Cetad), de Bastión Popular, en busca de ayuda.MARÍA FERNANDA CARRERA TOSCANO

Consumo de drogas en Guayaquil alcanza a niños de 8 años: esto advierten expertos

Datos disponibles del consumo de drogas en Guayaquil son del censo de 2016 y no reflejan la realidad actual

El consumo de drogas en Guayaquil alcanza, cada vez más, a personas jóvenes e incluso infantes. Especialistas advierten que hay niños de ocho años que han tenido contacto con sustancias.

Mishelle, de 21 años, viste un traje de leopardo, de cuerpo entero, durante la entrevista con EXPRESO. Está en un proceso para recuperarse de la adicción a las drogas.

"Yo sentía que el diablo me arrastraba en sueños mientras dormía. Desperté y le pedí ayuda a mi mamá", recuerda esta joven de Guayaquil.

Asegura que, en muy poco tiempo, se convirtió en la ‘reina’ de las fiestas. De esas donde los beats de la música electrónica suenan como latidos del corazón. Lugares que había visto en series de ficción, donde los jóvenes se drogaban y parecían felices. Intentó imitarlos. No sabía nada de prevención ni de los efectos de las sustancias que consumía.

Hoy lleva otra corona, de artificio. Es la ‘reina’ del Centro Municipal de Tratamiento Primario de Desintoxicación (Cetad), uno de los espacios gratuitos de la Alcaldía, donde Mishelle busca reconstruirse.

Pero su historia no es aislada. Carlos González, director municipal de Salud, explica que 48.337 personas han recibido atención en estos programas durante los últimos tres años.

Además, se proyecta la creación de una nueva clínica de rehabilitación. Solo en lo que va de este año, 8.811 personas se han acercado a pedir ayuda por consumo.

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"Se ve un incremento de trastornos mentales"

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José Giler, médico que atiende a pacientes del Cetad, le revela a EXPRESO que el consumo de drogas en la ciudad se registra a edades cada vez más tempranas, incluso desde los ocho años.

"Hay un aumento en la demanda de atenciones. La que usan más es la H (heroína mezclada con cal, cemento, éter, veneno para ratas y hasta ketamina) y luego la mezclan con otras drogas. Tenemos la percepción de que está aumentando el consumo por la cantidad de pacientes que llegan al centro", explica Giler.

Marihuana, ‘cocaína rosada’ (tusi) y anfetaminas formaban el cóctel que consumía Mishelle en cada farra. La mezcla de drogas (ya sea intencional, por decisión del consumidor, o involuntaria, por la venta de sustancias adulteradas en el mercado ilegal) se ha vuelto una tendencia que los psiquiatras identifican con frecuencia en consulta, cuando el consumo ya se convierte en un problema del paciente.

"No hay una gaceta epidemiológica actualizada. Ahora hay una mezcla de drogas que ni ellos saben lo que están consumiendo. Se ve un incremento de trastornos mentales, hay incremento en las drogas de diseño", asegura Julieta Sagñay, psiquiatra del programa de atención para adictos del Municipio de Samborondón.

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Raúl lidera el grupo Somos Milagros, de Narcóticos Anónimos (NA), en Ecuador. Ese rol, el de guiar a otros, se lo ha ganado con años de sobriedad, reuniones constantes e historias que se repiten en barrios y ciudades.

Trabaja con jóvenes y adultos adictos a las tres sustancias que más circulan (y que más se incautan), según datos de la Policía Nacional y registros de NA: marihuana, base de cocaína y cocaína.

"Hace cinco años recibíamos, a nivel nacional, en los 220 grupos, a 39.600 personas al año. En los últimos tres años han sido 132.000 personas anualmente", advierte este guía de NA.

La cifra no se detiene. Crece. Se multiplica. Raúl habla de jóvenes seducidos por bandas de narcotraficantes, reclutados con drogas y arrastrados a situaciones que muchas veces terminan en la muerte. Los ha visto caer, incluso en medio de procesos de rehabilitación.

Si algo ha cambiado en estos años, dice, es la edad de quienes piden ayuda. Antes eran de 20. Ahora tienen 12 o 15. Más pequeños. Más vulnerables.

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Las provincias de Carchi, Imbabura, Esmeraldas, Manabí, Guayas, Los Ríos y El Oro concentran la mayor demanda en NA. Distintas historias, mismo destino: intentan salir.

Esto también se refleja en Quito. "Tengo un paciente de nueve años que consume base de cocaína. Y uno de 85 que consume marihuana y base".

El psiquiatra Armando Camino, presidente de la Asociación Ecuatoriana de Psiquiatría Biológica, analiza esta problemática desde otra perspectiva. Afuera se habla de delincuencia, inseguridad y toneladas de drogas incautadas. Pero él plantea otra pregunta: "¿Qué se está haciendo para evitar que alguien empiece?".

Explica que el consumo no aparece solo. Llega acompañado, sobre todo, de problemas de salud mental. "Tengo pacientes que han tenido brotes psicóticos. Algunos ya han sido diagnosticados con esquizofrenia".

El último estudio nacional sobre consumo de drogas es de 2016. Desde entonces, poco o nada se ha investigado.

Juan Ayala, presidente de la Asociación de Psiquiatras de Pichincha, coincide: el consumo de drogas y alcohol en América Latina va en aumento, pero no se puede medir con precisión.

"El Ministerio de Salud Pública, las Fuerzas Armadas, la Policía, el INEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos), los GAD (Gobiernos Autónomos Descentralizados)… no tienen cifras completas de lo que está ocurriendo en el país". Falta información. Falta registro. Falta seguimiento. "La salud mental es la última rueda del coche", lamenta. Y queda ahí, girando detrás.

¿Qué provoca el consumo de drogas y cuáles son las secuelas?

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Desde una cama del Centro de Rehabilitación del Municipio de Guayaquil, Ximena recuerda cómo empezó. "Yo evadía mi realidad. Consumía porque tenía problemas con mi madre. Primero fue la cocaína, después la H. Me adormecía más. La base me daba paranoia", cuenta.

La conoció en fiestas. Como muchos. Para escapar. Ahora, en el centro, ha aprendido a nombrarse: adicta. Y a volver al grupo cuando algo se rompe.

A Giovani Burneo lo saludan en la calle. Le piden fotos. Lo reconocen por sus videos de política, en los que denuncia corrupción, y por la feria de lectura que organiza los domingos en la calle Panamá. Lleva 17 años sin consumir. Entró a Narcóticos Anónimos y se quedó. Ahora es terapista vivencial.

En la clínica privada vio de todo. "A los 11 años ya hay chicos que han fumado marihuana. Otros empiezan con H". Habla de deserción escolar, de jóvenes sedados, de ketamina vendida como H aunque no tenga heroína.

En Pichincha, el psicólogo Carlos Vallejo describe algo similar: pacientes que llegan con síndrome de abstinencia incluso cuando aseguran haber consumido solo marihuana.

La razón está en las mezclas: fentanilo con H, con marihuana, con tusi (la ‘cocaína rosada’ que contiene ketamina, MDMA, metanfetaminas, anfetaminas y otras sustancias psicoactivas). "Eso tiene un fin: que el cuerpo se acostumbre", explica.

Lo ve en consulta. En los síntomas. En los cuadros que no encajan del todo. Episodios psicóticos que ceden con tratamiento, pero que dejan secuelas.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) advierte que el consumo de cocaína en América Latina va en aumento.

En su informe de 2023, UNODC menciona un crecimiento cercano al 50 % y alerta sobre la expansión acelerada de drogas sintéticas en la región.

Son esas mismas sustancias de las que Mishelle habla en el grupo de apoyo. Las que se llevaron a sus amigos, recuerda. De esas intenta alejarse.

Busca apoyo en la clínica de Bastión Popular. Se queda. Dice que ahí encuentra algo parecido a la esperanza. Porque hay un lugar al que no quiere volver. El mismo donde empezó el horror. 

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