Lágrimas de alegría

  Buenavida

Lágrimas de alegría

Un estudio las reconoció como una  aparente paradoja y estableció que el cerebro del ser humano, al sentirse abrumado por emociones positivas, intenta restaurar su equilibrio llorando.

Ilustración para columna de Tania Tinoco
Columna TaniaIlustración Miguel Rodríguez

Un estudio de la Universidad de Yale hecho en 2019, definió con claridad las lágrimas de alegría. Las reconoció como una aparente paradoja y estableció que el cerebro del ser humano, al sentirse abrumado por emociones positivas, intenta restaurar su equilibrio emocional derramando lágrimas, que en un 9% están compuestas de sal.

La información científica no vino a mi mente cuando vi llorar a Raúl, tras ser abrazado por un benefactor de grandes valores, que le calzó sus primeros zapatos de fútbol. El pequeño de 12 años, con una vida de espanto, había soñado con "los pupos", y estos eran suyos: Anaranjados fosforecentes con franjas blancas y pasadores. Tuve que enterrarme las uñas en mis manos para no parecer una magdalena. Sentí una ráfaga de amor en aquel momento; sentí que había llegado Navidad.

Todo el equipo de fútbol en la zona, donde está la fundación Nueva Vida, tiene ahora zapatos de fútbol, más camisetas de deporte, polines, tobilleras y hasta balones profesionales de color amarillo. Fue el producto de donaciones que no costaron nada más que unas pocas palabras e intención pura de corazón.

Amigos y conocidos leyeron en esta columna, aquella que titulé –Zapatos de fútbol y esperanza-, la historia de unos niños de la zona más pobre de Guayaquil, que fueron vencidos por el amor y la fe; dispuestos a enderezar una vida marcada por el dolor, la violencia y las necesidades.

Silvana y Fernando en Miami no solo donaron zapatos, sino que contaron la historia a sus hijos y estos recaudaron más zapatos y camisetas de deportes; Lázaro y Luz María hicieron lo propio, contando este caso a sus amigos. Luis, Bachita y su familia se unieron. Pilar llegò al final pero fue una de las primeras en ofrecer ayuda. Jèssica se encargó de uniformes y medias con el respaldo de Fausto, su novio. Darwin y Norma generosos a más no poder. Mauricio comprò los últimos 4 pares de zapatos que faltaban. Pepe y Lorena se encargaron de los tràmites aduaneros, costos y más, para traer las donaciones a Guayaquil. Marco, Vickie, Mayka, Raúl… tan generosos, todos. Se me escapan los nombres pero no la gratitud. Con mayores y menores recursos económicos su respuesta fue inmediata, como para no olvidar la esencia de bondad de esta ciudad, de este país donde nadie debe dudar que los buenos somos más.

Los niños favorecidos con los zapatos de fútbol nos ofrecieron una fiesta donde hubo villancicos y oraciones. Nos honró con su presencia el arzobispo de Guayaquil, contándonos sus planes para expandir la obra benéfica en la zona. Monseñor Cabrera no hablò de religión sino de justicia, educación, y oportunidades para los que llamò –los pobres de los pobres-. Atenta estaba la hermana Susana, que actúa como una segunda madre de estos 95 niños que acuden diariamente a la Fundación Nueva vida, donde reciben comida, formación y por supuesto clases de fútbol.

A pocos nos sorprendió, su anuncio de que los zapatos nuevos se quedarían en la fundación para evitar "malas tentaciones", y que los entregarían a sus dueños "solo" para los partidos. Lo entendí cuando recordé que en los dias mas convulsos de este Guayaquil amado, hasta crímenes han ocurrido por unos zapatos de fútbol.

El mayor personaje de la fiesta fue el entrenador, que aprovechó la reunión para entregar diplomas. Las más emocionadas, eran las niñas futbolistas, que hacían bromas de las calorías de los caramelos que recibieron. En general no podían creer que el equipo tenía "pupos" y que jugarían en una liga barrial con zapatos "profesionales" regalados por gente de buen corazón. No tengo que explicar entonces porqué esos zapatos de fútbol eran también de esperanza, de fè, en que siempre hay gente buena, generosa y dispuesta ayudar, sin que sean necesariamente "gente rica".

Total, como dice esta frase maravillosa de autor desconocido "nadie es tan pobre que no tenga nada que dar, ni tan rico que no tenga algo que recibir".

Me quedè enganchada con las làgrimas de Raùl. Llorè también, de alegría… Sentí empero, que había llegado Navidad.