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La vivencia militar en la devastada Canoa
Hasta el más recio militar se quiebra ante una situación de catástrofe como la que vivimos.Milton Mendieta, capitán de Corbeta.

En sus 40 años de vida, Milton Mendieta Flores no había visto nada igual. A pesar de su formación de infante de Marina, entrenado para la guerra y soportar el dolor, el capitán de corbeta quedó impactado por lo que vio y vivió en lo que algún día fue la hermosa parroquia Canoa, en el cantón San Vicente, antes del terremoto de 7,8 grados Richter, que devastó Manabí y el sur de Esmeraldas. Ahora, desde el coliseo Thoali de Manta, donde ayuda en el acopio de donaciones, esas imágenes retornan una y otra vez a su mente.
Cuando salió de Guayaquil, el domingo 17 de abril en la mañana con otros 260 hombres de la Infantería de Marina, no imaginó la magnitud de la tragedia. Para entonces, las únicas imágenes vistas por la televisión eran las llamadas zonas cero de Manta y Portoviejo.
La primera parada fue Manta, donde los 260 hombres fueron divididos en tres grupos para brindar seguridad a los rescatistas y a la población de Bahía, San Vicente y Canoa, esta última la más lejana.
El capitán Mendieta integró el contingente de 120 infantes de Marina que viajaron con un campamento móvil completo en la noche del domingo para llegar a Canoa en la mañana del lunes, 35 horas después del terremoto. El pueblo estaba en ruinas, entre las que una veintena de rescatistas del Cuerpo de Bomberos de Quito y Otavalo y una treintena de miembros del Ejército buscaban sobrevivientes, sin parar.
Los muertos eran colocados en el parque central y, los heridos, atendidos donde se pudiera, bajo un calcinante sol que aceleraba el olor a muerte y a destrucción. No había centros de salud, ni Comité de Operaciones de Emergencia (COE), ni autoridades locales, ni rutas de evacuación, ni planes de contingencia que seguir. Solo dolor, muerte y miles de damnificados, desorientados que buscaban desesperadamente a sus familiares entre los escombros y en el parque central.
En total, 37 cadáveres, ensangrentados, mutilados, expuestos en el parque central para el reconocimiento de sus familiares. Las escenas de llanto y de dolor sobrecogían a los militares que, cuenta Mendieta, trataban de darle ánimo a una población desgarrada por dentro y por fuera, que clamaba por ayuda. Tenían hambre, sed y dos días durmiendo a la intemperie sin luz, sin nada, solo atendida por voluntarios, vecinos, amigos, los primeros que llegaron en su auxilio.
Los niños lloraban, gritaban. No había leche, no había pañales. El día transcurrio rápido y al caer la tarde, dos días después del terremoto, no habían llegado ni los víveres ni las vituallas. Ni las medicinas. Todo estaba aún en camino.
El campamento militar móvil, dotado de carpas climatizadas, cocina de campaña, ducha, congelador, generador de energía portátil y equipos de comunicación, sirvió para dar los primeros auxilios a la población. La comida que llevaban los navales para alimentarse fue repartida entre la población hambrienta. No alcanzó para todos. El tanquero con combustible, conque llegaron, sirvió para abastecer los 10 vehículos 4x4 de voluntarios de Quito que llegaron, tan bien organizados, para ayudar en las tareas de seguridad y traslado de personas.
El capitán Mendieta cuenta que aún retumban en su mente los gritos desgarradores de una mujer que pedía ayuda para el rescate de los cinco miembros de su familia que quedaron atrapados en un templo evangélico. Ella era la única sobreviviente y ahora debía encargarse de la sepultura de sus muertos que se descomponían ante sus ojos.
Tuvieron que cavar fosas comunes para los cadáveres no identificados en esas primeras 48 horas para evitar la contaminación, hasta que llegaran quienes podían hacer el levantamiento de cadáveres.
El miércoles, tres días después de un intenso trabajo, Mendieta y su grupo de infantes de Marina dejó Canoa. El día anterior, el presidente Rafael Correa había llegado, tres días después del terremoto, con las primeras ayudas para los afectados.