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Victoria pirrica de Erdogan

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El domingo de Pascua, los votantes turcos convocados a un referendo sobre 18 enmiendas constitucionales ya aprobadas por la Asamblea Nacional tenían ante sí una disyuntiva clara. Votar “sí” para cambiar el sistema político del país e iniciar una nueva era en la historia turca. Más de un siglo de parlamentarismo quedaría atrás, dando lugar a un sistema presidencial “a la turca”, hecho a medida del actual gobernante, Recep Tayyip Erdogan. La mayoría de los juristas consideran que las enmiendas que los votantes aprobaron por muy estrecho margen son un retroceso, en el mejor de los casos. Los autores del proyecto parecen haber olvidado 150 años de historia turca y las enseñanzas más elementales de la democracia liberal. A partir de 2019, tras la elección parlamentaria y presidencial de ese año, el sistema político turco quedará sin el cargo de primer ministro, y el poder Ejecutivo se concentrará en manos de un presidente que también es el líder de un partido político. La Asamblea Nacional perderá muchos de sus poderes, y su capacidad de hacer de contrapeso al presidente quedará seriamente limitada; este podrá disolverla en cualquier momento. También, los cambios en el mecanismo de designación de jueces darán al presidente poder decisivo sobre el sistema judicial, debilitando todavía más su ya frágil independencia y vaciando de significado la separación de poderes. A pesar de esto, no hubo antes de la votación un debate serio ni prolongado y esta se celebró bajo el estado de emergencia impuesto por Erdogan tras el intento de golpe de julio del año pasado. Y a la par del vasto cambio político que tendrá lugar, Erdogan intentará promover un proyecto de transformación social que busca borrar la herencia occidentalizadora surgida a finales de la era otomana. Las enmiendas se aprobaron tras una implacable campaña de confusión, falsedad y difamación. Se acusó a los opositores de estar con los terroristas y se atacó abiertamente a funcionarios occidentales, en particular la dirigencia de la UE. El día de la votación, el Consejo Electoral Supremo tomó la polémica decisión de considerar válidas las papeletas de voto sin sello oficial en el dorso, lo que aumentó el temor a irregularidades y sembró dudas sobre la legitimidad del resultado (objeto ya de encendidas protestas). En síntesis, la campaña y la votación no cumplieron las normas internacionales establecidas, algo que auditores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa han señalado. El estrecho triunfo de Erdogan puede terminar siendo una victoria pírrica por la enconada polarización en que ha caído el país. El voto por el “no” se concentró en los centros económicos de Turquía; el “sí” abarcó a casi todas las provincias turcas con menor nivel educativo, económicamente insignificantes, rurales, aisladas y conservadoras. Lo reñido del resultado y la ruptura del apoyo a Erdogan que supone, fueron un claro golpe para el presidente, que intentará definir la agenda y mantener el rumbo actual. Los que no quieren que Turquía caiga en la trampa del autoritarismo plebiscitario deben formar ya un nuevo espacio político y ofrecer alternativas de liderazgo, o Erdogan ganará la elección presidencial de 2019 y será mucho más difícil de combatir.

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