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La universidad a debate

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Al fin, en un tema clave para garantizar el desarrollo del país: la marcha de su educación superior, se están dando pasos que permiten volver al optimismo generado por la posibilidad de iniciar una gran reflexión, iluminada por la perspectiva de que los asuntos se debatan partiendo de una admisión hasta hace poco impensable: “la idea es mejorar en aquello que se ha hecho mal, es actualizar los retos que tenemos ahora”.

La frase, pronunciada por el actual secretario de educación superior, Augusto Barrera, tiene el enorme y gratificante mérito de asumir que algo se pudo haber hecho mal, ratificando la aceptación de la condición humana que la hace capaz de caer en el error y, por tanto, siempre susceptible de enmendar.

Ello es digno de ser destacado dados los antecedentes de que viene precedida. Mucho hay que cambiar en el marco regulatorio de las universidades, teniendo como punto de partida la superación de la tendencia a mantenerlas ahogadas en razón de un burocratismo tecnocrático que pretendió tenerlas sumidas en un mar de papeles, llenando formularios y preocupadas por conservar sus aleatorias calificaciones antes que la profundidad de sus contenidos. Interesadas en capturar “doctores”, antes que en contar con maestros.

Igualmente es obligatorio relievar el cuestionamiento que el exalcalde de Quito realizó en referencia a las intervenciones sufridas por la universidad ecuatoriana, sin que al hacerlo se niegue que fue importante revisar el estado de descomposición en el que habían entrado algunos centros académicos. Al respecto ha planteado: “La experiencia de las intervenciones, tiene que ser repensada, esta es una herencia que tenemos. Nos parece que hay que repensar el mecanismo de la intervención”.

Cuando el próximo año van a cumplirse cien de la reforma de Córdoba, es imperativo conjugar esa herencia histórica orientada a garantizar la autonomía de los centros de educación superior, estén o no financiados por el Estado, con “los retos que tenemos ahora”. Sin duda un país es lo que sus universidades, pero también las universidades son lo que los países que las albergan. Por ello “reformarlas” requiere consenso.

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