Trump Rex
¿El 20 de enero de 2017 cambió la historia contemporánea? La respuesta vendrá más adelante. Lo que sí es cierto es que en la primera semana de la administración Trump empezó el desmantelamiento de la era Obama y sus ocho años de resultados variopintos, en un país que quiere cambiar pero está dividido en cuanto a si el cambio debe mirar al pasado, o a un futuro cuya visión es borrosa.
Volver al pasado se resume en el eslogan de campaña: “América primero”. Es una desafortunada coincidencia que el lema sea el mismo con el que se identificaban los neofascistas y aislacionistas en los albores de la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos es un país interesante: de fuertes tradiciones democráticas, donde impera la ley, las discusiones son razonadas, se premia la honestidad y se castiga severamente la mentira, se hacen negocios, y se proyecta la imagen y la sombra del dominio económico y la fuerza militar.
Es también un país diverso. No existe un genotipo Homo americanus, sino una identidad nacional compuesta de diferentes culturas, nacionalidades, razas, idiomas, historias, religiones, costumbres, y actitudes. El sueño americano es un sueño de anhelos, ideales y oportunidades que existen dentro de un régimen de libertad.
Cual monarca investido de poder absoluto, moviéndose a ratos en un universo paralelo de “verdades alternativas”, como las ha denominado su más influyente consejera, Donald Trump se puso manos a la obra de inmediato luego de concluido su discurso inaugural.
Ha dispuesto el desmantelamiento de la legislación de salud universal conocida como Obamacare, desterró del sitio web de la Casa Blanca toda referencia a los derechos gay, a los derechos civiles, al calentamiento global y al ecumenismo que incluya a los musulmanes. Ya reabrió el proceso para el tendido de los oleoductos que habían sido cancelados por Obama. A los políticos profesionales los ha enviado al destierro.
Ha cumplido su promesa de rechazo al libre comercio, disponiendo el retiro inmediato del país de la Alianza Transpacífica, demandando la renegociación del Tratado de Libre comercio de Norteamérica (Nafta), y ejerciendo presiones a las corporaciones americanas para que hagan sus inversiones casa adentro. Ya ordenó el muro para mantener a los mexicanos fuera de los Estados Unidos y ha ordenado también la revisión de la política de inmigración y asilo. Luego le tocará el turno a los europeos, a la OTAN, y a los chinos, que deberán sacar sus propias conclusiones cuando les toque evaluar las implicaciones del “abrazo del oso” con Putin. A los islamistas radicales, ha prometido también, los aniquilará y borrará de la faz del planeta.
El mercado ha reaccionado favorablemente: por el momento.
Sin embargo, la inexorable ley del universo establece que toda acción provoca una reacción: en la economía no se puede subir el gasto y bajar la deuda; no es posible subsidiar el empleo sobre las espaldas de los consumidores; tampoco es viable cerrar las puertas sin que el cierrapuertas se generalice.
La historia ha comenzado, pero las páginas del libro están por escribirse. De lo que sí estamos seguros es que los paradigmas de la convivencia internacional van a cambiar.
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