El tornado Trump
En la ceremonia inaugural al asumir el cargo de 45º presidente de EE. UU., Donald Trump mantuvo el tono de su discurso de campaña, arremetiendo contra las élites de Washington, postulándose como representante de los perdedores de la globalización y prometiendo que el eslogan “Estados Unidos primero” será el centro de sus políticas. Ese nacionalismo radical comenzó por anular las decisiones de su predecesor: el martes pasado reflotó dos polémicos oleoductos cuya construcción había sido descartada por Obama debido a la enorme presión ejercida por comunidades ambientalistas en su contra: el primero, el extenso oleoducto Keystone XI, que transportaría crudo desde Alberta (oeste de Canadá) hasta Nebraska, en EE. UU., desde donde alimentaría refinerías en el golfo de México, con 1.900 km de longitud. Y el segundo, el oleoducto de Dakota del Norte, centro de una gran polémica interna en EE.UU., pues pasaría por una región habitada por los Sioux. Trump dijo respecto del primero que se renegociarían los contratos y que el proyecto representa “muchos empleos. Serán 28.000 puestos de trabajo. Excelentes puestos de trabajo de construcción”. Los ambientalistas y líderes de la oposición demócrata la han criticado acerbamente. El senador Bernie Sanders dijo: “Hoy el presidente Trump ignoró las voces de millones de estadounidenses y dio prioridad a las ganancias de corto plazo de la industria de las energías fósiles”. Y la organización Amigos de la Tierra consideró que Trump había dado muestras de “su alianza con grupos petroleros y los bancos de Wall Street” en detrimento “de la salud pública y el medioambiente”. Trump ha mostrado lo que es: un deshumanizado hombre de negocios a cargo de la administración de la más grande empresa, poniendo en práctica su simplista fórmula de generar empleo, común en la concepción de las políticas neoliberales. Pero gobernar un país es mucho más que eso, no digamos una potencia considerada líder a nivel mundial. Lo más inquietante, para los latinoamericanos en especial, parece ser su proclama de “blindar” las fronteras de EE. UU., que podría amparar una dura posición contra los inmigrantes, cuyo flujo no cesará mientras no haya mejores condiciones de vida en los países de la periferia.
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