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Solidaridad y esperanza
Las provincias de Manabí y Esmeraldas, en sus ciudades, cantones, parroquias y recintos, fueron las que sufrieron los mayores efectos y destrozos del sismo del 16 de abril del año pasado. Revisando su historia de 12 meses, se encuentra una expresión, consigna y objetivo que repetían: “Vamos a reconstruir”. “Seguiremos adelante”.
Así fue y aún sigue siendo hasta hoy. Ellos ya vieron, sufrieron y contabilizaron los destrozos que dejó el sismo. Ya velaron, lloraron y enterraron sus 671 muertos que cayeron como víctimas de ese desastre. Ya secaron sus lágrimas y se sobrepusieron al dolor. Pero lo fundamental fue que aprendieron a sobrevivir con las ausencias de esos familiares y seres queridos. Todos comprendieron que al día siguiente de su desgracia, el domingo 17, debía comenzar la tarea de la reconstrucción. Esa fue su decisión, su compromiso, tarea y objetivo, a lo que se han entregado sin descanso. Y evidentemente que lo han hecho a plenitud. Ya llevan 12 meses y todavía no terminan. Sin embargo, no desmayan. Lo siguen haciendo. Continúan con la misma fuerza y firmeza. Es como si se repitieran un grito y una consigna que los compromete a todos: “Aquí nadie se cansa”. Y con ella también dicen: “De aquí nadie se va”.
Pero a 12 meses de esa terrible tragedia es necesario que el Ecuador reconozca por qué ellos lo hicieron y lo continúan haciendo. En esto están presentes dos palabras que resumen su motivación, cohesión y fortaleza (pero también del resto del país que estuvo junto a ellos) como sociedad: solidaridad y esperanza.
La solidaridad ha sido su fuerza y también la de todo el país que se volcó en auxilio, ayuda y envío de todo tipo de alimentos y materiales que sirvieron para comenzar a sobrevivir. La solidaridad del país se manifestó aportando vituallas, comida, agua y 2 % más del IVA. La solidaridad de los diferentes países amigos se hizo presente cuando prontamente llegaron con ayuda humana y material. La solidaridad (y por cierto gran entrega y esfuerzo humano) de las brigadas de rescatistas, nacionales y extranjeros, también fue evidente. Ellos ayudaron a salvar vidas de entre los escombros. Asimismo, brilló la esperanza, de ellos y entre ellos, de su porvenir. Esperanza de todos los ecuatorianos para creer y constatar cómo esos dos pueblos valerosos siguieron haciendo su vida y buscando el futuro con fe y unidad. Esto es una lección y aprendizaje para todos.