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CUARENTENA, DÍA 2: El silencio, un lujo en la era del virus

Vivimos todos en la misma burbuja, contaminándonos unos a otros irremediablemente. Y, por lo común, nos tratamos mal.

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La cultura del ruido, tan profundamente arraigada en el país, es sólo una de las tantas expresiones de una cultura de irrespeto rampante por lo público.EXPRESO

Roberto Aguilar publicará este diario hasta el final de la cuarentena por el coronavirus. Puedes leer todas las entregas aquí.

Es triste decirlo: la mejor manera de pasar en casa es echar a los vecinos fuera de la suya. Mandarlos lejos, a la playa, quizá, donde las estridencias del reguetón y de la cumbia se superponen, se mezclan en confusos contrapuntos y se anulan entre sí de parasol en parasol, creando una burbuja de ruidosas disonancias que se extiende por kilómetros. 

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Ahora tengo una banda sonora parecida incordiándome el teletrabajo. Hasta mi tercer piso rodeado de edificios llegan en voces simultáneas: el sonsonete cansino y monótono de un intérprete de voz andrógina de aquello que los descubridores del agua tibia han bautizado como “música urbana” (como si el rock’n roll fuera rural) procedente de un lugar indeterminado que no alcanzo a divisar desde la ventana de mi estudio; arriba, a la derecha, Camilo Sesto o alguien parecido aullando sus penas de amor como si lo estuvieran descuartizando; por el otro costado, una televisión prendida que alterna explosiones, sonidos de aparatos voladores y pueriles chillidos en japonés. Es lo que hay: una sociedad bien de clase media aterrorizada por los virus pero ajena a los efectos de la contaminación por ruido.

Cuando uno piensa en los lujos que la riqueza permite costear se figura una casa con piscina, viajes por el mundo en primera clase, vinos de 500 dólares la botella y galletitas con foie gras para el desayuno… No está mal nada de eso. Pero el verdadero lujo en estos tiempos y probablemente el más costoso (para mí, en este segundo día de encierro, impagable) consiste en no escuchar la música del vecino. No lo digo yo, lo dijo Pierre Bourdieu y hablaba en serio. Hay que poner bastante tierra de por medio entre tu lugar bajo techo y el muro medianero con la casa de al lado. Y eso sólo se lo pueden pagar los ricos. Los demás (y por ahí iba la reflexión de Bourdieu, muy oportuna en esta coyuntura) estamos condenados al contacto permanente con los otros. La intimidad aséptica es una utopía en nuestros espacios urbanos. Vivimos en la misma burbuja, contaminándonos irremediablemente los unos a los otros. 

Otras conclusiones también son posibles. Se podría argumentar sobre cómo esa particularidad del mundo contemporáneo alcanza cotas extremas en el Ecuador por la falta de cultura ciudadana del habitante promedio: su desprecio por las más elementales normas de convivencia, su tendencia a adueñarse del espacio público como si fuera no el espacio de todos sino el espacio de nadie, es decir, del que llegue primero y se lo tome. Aquí vengo yo con mi súper camioneta cuatro por cuatro a instalarme en la vereda. 

Aquí vengo yo con mis parlantes despachando a toda madre la música que me gusta y el resto, que se aguante. La cultura del ruido, tan profundamente arraigada en el país, es sólo una de las tantas expresiones de una cultura de irrespeto rampante por lo público. Y en tiempos de coronavirus, esa cultura amenaza con hacernos tocar fondo. 

Esta idiosincrasia nacional ha empezado a hacer mella en nuestras autoridades. Ya no saben cómo hablarnos para que actuemos con la dosis mínima de responsabilidad que la emergencia sanitaria demanda de todos. Por momentos lucen desesperados, los pobres. No es para menos: el virus continúa su ascendente e imparable ruta de contagios por pura y simple culpa nuestra. 

Son la diez de mañana: en medio del clamor de los parlantes que por momentos hacen vibrar las ventanas de mi estudio (mi edificio es sesentero y tiene achaques), me conecto al Internet para seguir la cadena de ruedas de prensa virtuales en seguidilla que ofrecen varios funcionarios de gobierno. De inmediato advierto en un puñado de ellos su incapacidad de disimular la nostalgia por la mano dura. Sólo María Paula Romo escapa de ese estado de ánimo. Está claro que los demás, especialmente el vicepresidente Otto Sonnenholzner, preferirían que esto fuera China. Un carajazo y nadie me sale de la casa. “¡Obedezcan!”, dice enfurruñado, con cara de pocos amigos, tensos los músculos de las comisuras de la boca, flamígera la mirada como el líder máximo de otros tiempos. “¡Disciplina!”, demanda a su vez la secretaria de Riesgos, Alexandra Ocles

Como si la cultura ciudadana, en democracia, pudiera imponerse desde arriba. “Nuestra sociedad no tiene disciplina”, insiste Ocles. ¿Debe tenerla? La disciplina está muy bien para los individuos, para los grupos reducidos y homogéneos como los policías, pero para algo afortunadamente tan diverso, informe, disparejo e irreductible como la sociedad… ¿Disciplina? ¿No será mejor pedirle conciencia, solidaridad, empatía (palabra tan de moda), responsabilidad pública? Algo tan simple como darse cuenta de que no a todo el mundo le tiene que gustar la música que a mí me gusta. ¿Será posible?