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Diario Expreso Ecuador

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Santiago, 11S

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Hace 45 años, el 11 de septiembre del 73, palpé lo que fue el momento más cercano a la muerte. El desencadenamiento del golpe ya se veía venir. Vivíamos un estado de tensión y angustia, recibíamos señales de una oscura confabulación y de un desprecio que se expresaba en discrimen. Muy pocas personas, las comprometidas con el proyecto de Allende y los pobres que por unos escasos escudos lavaban nuestra ropa y nos conseguían alimentos, nos apreciaban y eran solidarios. Las demás nos volvían la cara y hacían lo posible por ignorarnos.

Martes, 7 de la mañana, un Santiago gris y frío nos ofrecía el espectáculo de la incertidumbre. Mientras iniciábamos nuestras tareas escuchamos por la radio el anuncio de la inmediata intervención del presidente. “...Va a hablar el Chicho...”, me dijo el compatriota con quien compartía la vivienda, y pusimos toda la atención tratando de encontrar alguna pista de lo que acontecía. El contenido de sus palabras fue claro y determinante. Se trataba de un golpe de Estado planificado por los altos mandos militares, de un llamado a la resistencia y de un esperanzador mensaje “...mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre...”.

En una situación así, quienes habíamos llegado a Chile con la intención de estudiar y conocer ese muy llamativo proceso, teníamos además la disposición de ser útiles de cualquier manera. Días antes, y previendo lo inevitable, varios ecuatorianos decidimos prestar nuestro contingente para apoyar acciones de asistencia y ayuda a la población más necesitada. Si las cosas se complicaban, debíamos integrarnos a una brigada de auxilio coordinada por un estudiante venezolano. Nunca nos recogieron, y cuando los aviones bombardearon La Moneda nos convencimos de que la única salida era huir. Nos escondíamos a la hora del toque de queda, tratando de ayudar a ecuatorianos con familia, mirando la arremetida de los militares sublevados, hasta que entramos en nuestra embajada y pudimos retornar, luego de serios percances, a nuestro país.

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