Salir con su domingo siete

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Salir con su domingo siete

No hay acuerdo en el origen de la expresión con que titulo. Tampoco en su interpretación contemporánea. En el pasado, las abuelas aconsejaban a sus jóvenes nietas cuando salían a pasear con sus novios, antes de las píldoras anticonceptivas: “cuidado nos vas a salir con tu domingo siete”, advirtiéndoles del riesgo de las relaciones extramatrimoniales. Ahora también se usa para significar un comportamiento inesperado de parte de quien se espera otro distinto.

Lo cierto es que aquí, ello ha estado ocurriendo cada sábado, aunque no sea siete o trece, que son los números a los que se vincula con procederes aberrantes, impropios de la ya no tan proclamada majestad del poder, dado que lo que se nos hace sentir es el poder de su majestad.

Por ello, mucha gente, cuyo criterio respeto, sigue confiando esperanzada en un cambio en el estilo presidencial que supere la enseñoreada prepotencia actual y recupere la posibilidad del diálogo.

Ojalá quienes así confían tengan razón y el paso del tiempo no los defraude. Aquí no se trata de competir haciendo adivinanzas si no de intentar garantizar lo que más le conviene al futuro del país.

Una gran dificultad para lograr asumir esa actitud es que todos empecemos a pensar en el futuro del país, vizualizándolo como un todo, y no únicamente en los intereses particulares o los del sector al que nos pertenecemos.

Claro que no es sencillo posponer el interés particular en función del bien común. Ello es una antigua aspiración que no ha dejado de ser tal, precisamente porque el altruismo no es una virtud globalmente esparcida.

Sin embargo, más allá de la potencial posibilidad de pensar en el prójimo por un sentido cristiano de la vida o por puro humanismo, es posible lograr esa manera de actuar cuando se siente un peligro global cierniéndose sobre los intereses de todos.

En estos días en que los ciudadanos oscilan entre la esperanza y el miedo, para mantener la esperanza sin dejarse anular por el miedo, que decía don Eloy es muy mal consejero, y sin abandonar la actitud a favor del diálogo, es obligatorio no negociar los principios por los fines.