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Diario Expreso Ecuador

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El riesgo de malinterpretar a Kim Jong-un

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Los gobernantes a los que se considera “locos” siempre han sido los más difíciles de evaluar para los observadores políticos. Pero el rótulo solo señala una conducta diferente a lo que los analistas convencionales esperaban. Como el líder religioso sirio Rashid al-Din Sinan, en el siglo XII. Durante la Tercera Cruzada, el “Viejo de la Montaña” logró obstaculizar el avance de los cruzados sobre Jerusalén enviando a sus seguidores a cometer asesinatos selectivos. Tras cumplir órdenes, los asesinos se quedaban en el lugar esperando ser capturados, bien a la vista de la población local, para que su líder recibiera el debido reconocimiento por el acto. Entonces esas acciones eran incomprensibles para la mente occidental que comenzó a llamar a los seguidores del Viejo “hashashin”, o sea, consumidores de hachís, porque creían que la única explicación posible de semejante desprecio “insensato” por el propio bienestar físico era la intoxicación. Pero no eran usuarios de drogas y tuvieron éxito cuando finalmente asesinaron a Conrado de Montferrato; eso llevó directamente al colapso político de la coalición de los cruzados y a la derrota de Ricardo Corazón de León de Inglaterra. Como dice Polonio de Hamlet, en la locura del Viejo había método. Hoy, el problema de analizar a líderes supuestamente lunáticos reapareció con la crisis nuclear con Corea del Norte. Que Kim Jong-un esté o no loco es el nudo del asunto. El gobierno del presidente estadounidense Donald Trump declaró inequívocamente que no tolerará que Corea del Norte adquiera la capacidad de amenazar con armas nucleares el territorio continental de EE. UU. La postura de la administración refleja la creencia de que Kim está loco y que por eso la “teoría clásica de la disuasión” no es aplicable en su caso. Es posible que el plan del régimen norcoreano sea ofrecer concesiones que en realidad no tiene intención de cumplir. Esa duplicidad ya provocó el fracaso de un acuerdo sobre armas nucleares entre EE. UU. y Kim Jong-il, padre del actual líder, en 2002, cuando se descubrió que Corea del Norte mantenía un programa secreto de enriquecimiento de uranio apto para la producción de armas nucleares, en abierta violación de sus promesas anteriores. Pero con el solo hecho de expresar disposición a negociar, Kim ya obtuvo algo de la legitimidad política que necesita imperiosamente, y parece muy atento a la historia reciente. Sadam Huseín en Irak y Muamar el Gadafi en Libia terminaron pagando el precio de renunciar a sus programas nucleares; en cambio, Kim mejoró las capacidades nucleares de su régimen y ahora el hombre más poderoso del planeta lo trata públicamente casi como a un igual. El régimen norcoreano siempre buscó este reconocimiento por encima de cualquier otra cosa. También es posible que Corea del Norte esté tratando de ganar tiempo. Aunque aceptó detener las pruebas nucleares y de misiles hasta la cumbre con Trump en mayo, podría usar los próximos meses para desarrollar tecnologías relacionadas. Todavía necesita perfeccionar el mecanismo de reingreso atmosférico de los misiles balísticos intercontinentales, para que puedan golpear el territorio estadounidense en forma exacta y fiable. Lo más probable es que la “oferta” de Corea del Norte termine siendo mucho menos de lo que parece. El pensamiento norcoreano es indudablemente artero, pero también delata la voluntad de supervivencia del régimen y su deseo de dominar la situación actual. Esto hace pensar que Kim no está “loco” después de todo, y que la disuasión convencional seguirá funcionando, como lo ha hecho desde 1945.

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