El regimen monetario, una vez mas

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El regimen monetario, una vez mas

Iniciamos el año expresando nuestras reservas ante las afirmaciones del entonces candidato del partido de gobierno, hoy presidente electo, respecto de un eventual retorno a una moneda propia “cuando las circunstancias sean propicias”. Ante la inminencia de su asunción a la jefatura del Estado y del gobierno, vale la pena retomar algunos de los conceptos que amparan nuestra postura.

Decíamos, y lo seguimos sosteniendo, que la estabilidad monetaria se basa en una fórmula sencilla: la cantidad de moneda que circule, y la velocidad de esa circulación, no deben alterar el equilibrio de los precios.

Afirmamos que el crédito es un arma de doble filo: si este se origina en el Banco Central, por acto administrativo, el equilibrio se estresa y puede romperse; si viene del exterior y alimenta al sector privado se produce dicho “estresamiento” en la medida que aumente el circulante no respaldado en la producción de bienes y servicios. La segunda opción tiene antídotos; la primera es la que se conoce vulgarmente como la de “echar a andar la maquinita” de hacer billetes.

Reconocemos, porque la evidencia es concluyente, que la dolarización pone coto a la emisión de dinero administrada desde el Banco Central, y es ahí donde radica su principal virtud. Las transacciones monetarias se hacen en moneda dura, sin tipo de cambio, y sin sujeciones a los requerimientos políticos del gobierno de turno.

Las señales que la flamante administración envíe determinarán en poderosa medida el grado de aceptación, y por lo tanto, de la eventual eficacia del gobierno. Si lo que se propone es subir los impuestos, ahondar la hostilidad hacia la inversión privada local o extranjera, o pretender diseminar el dinero electrónico como medio de pago para instaurar el bimonetarismo, se exacerbarán los ánimos. Si no hay indicios de reducción eficaz y contundente del tamaño del Estado, sin ajustes dramáticos a la actividad económica, se develará que no existe plan económico para variar el rumbo.

El presidente electo promete un estilo diferente. Mas no es solo la forma lo que debe cambiar, sino el fondo mismo de la concepción del Estado, a la luz de los resultados nugatorios de la década transcurrida.