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Recuperar la soberania europea

Tras la conferencia de prensa conjunta con el presidente ruso Vladimir Putin, ya no caben dudas de que el presidente estadounidense Donald Trump y sus partidarios desean destruir el orden internacional impulsado por los estadounidenses y el sistema de comercio global. A menudo sus acciones son absurdas y contradictorias, y tienen serias consecuencias en el mundo real, especialmente en los aliados más cercanos a EE. UU. En su reciente parada en el RU se atrevió a describir a la UE como un “enemigo”. Al buscar alterar prácticamente todo lo que ha definido a Occidente desde el fin de la II Guerra Mundial, Trump ha llevado al mundo a una encrucijada histórica. Está en juego la posición predominante de Occidente en la escena mundial. Trump está acelerando un cambio en el balance global de poder que debilita en términos relativos tanto a EE. UU. como a Europa. A medida que los ingresos y la riqueza pasan de Occidente a Oriente, China tendrá una creciente capacidad de desafiar a EE. UU. como la principal potencia geopolítica, económica y tecnológica del mundo y esto no ocurrirá de manera fluida. El reequilibrio de poder que ya está en camino podría determinar el destino de las democracias, Estados de bienestar, independencia y modo de vida de Europa. Si esta no se prepara bien, no le quedarán más opciones que depender de EE. UU. o de China: atlantismo o eurasianismo. Los europeos no deben contar con las alianzas o reglas actuales para ofrecerles protección durante este periodo, pero tampoco recaer en la lógica política de las potencias tradicionales del siglo XIX. Si aumenta la rivalidad entre China y EE. UU., no será una situación muy ventajosa para el Viejo Continente. Tras la II Guerra Mundial se impusieron dos potencias no europeas: EE. UU. y la Unión Soviética. Hasta ese momento Europa había regido al mundo, en gran medida gracias a su superioridad tecnológica, pero su predominio acabó con el fin de la II Guerra Mundial. Europa (y en especial Alemania) se dividió entre las dos nuevas potencias y, en la práctica, la soberanía europea sucumbió a la política exterior estadounidense y al Kremlin. Francia y RU, como las dos potencias europeas victoriosas, conservaron un resto de soberanía como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las NN. UU. (y más adelante, como Estados dotados de armamento nuclear). Con el fin de la Guerra Fría, toda Europa adoptó una firme orientación transatlántica. En seguridad dependía de EE. UU., pero en lo económico y tecnológico, había recuperado su soberanía. En lo institucional, la división se manifestaba en la OTAN y la UE, respectivamente, un arreglo que nos ha funcionado bien, pero que Trump está atacando. Las razones de Europa para temer por su futuro son: 1) Trump ha seguido cuestionando el compromiso de EE. UU. con la defensa mutua estipulada en el Tratado del Atlántico Norte. 2) Su gobierno ha ido socavando activamente la OMC y el sistema de comercio global sobre el que se basa gran parte de la prosperidad de Europa. Y, 3) El ascenso de la digitalización y la inteligencia artificial amenazan con poner patas arriba las jerarquías tecnológicas globales. Cada uno de estos acontecimientos representan un reto sobre el lugar de Europa en el mundo y no hay una segunda oportunidad.