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Prosperidad “hecha en las Americas”

Mientras Canadá, México y EE. UU. se embarcan en la quinta ronda de negociaciones para modernizar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte -de pronóstico incierto-, en el resto de las Américas los gobiernos afrontan el dilema de quién será su principal socio comercial en el futuro: EE. UU., Europa o China. Por más de un siglo, fue “EE. UU.”. La región es el primer o segundo socio comercial para 37 de los 50 estados de la Unión. En 2016 las empresas estadounidenses exportaron a América Latina y el Caribe bienes y servicios por un total de US$ 515.000 millones, casi el triple de lo que le vendieron a China. Además, EE. UU. por lo común se anota un superávit con sus socios del sur, que suelen mostrar gran predilección por sus productos de alto valor y sus sofisticados servicios. Pero esto está cambiando muy rápidamente. La participación de las importaciones estadounidenses en América Latina cayó del 50 % en 2000 a 33 % en 2016, mientras la de China pasó del 3 % al 18 %. Esto es en parte resultado de factores persistentes que han motorizado el rápido crecimiento y la expansión global de China, y el reflejo de una estrategia de largo plazo que apunta a consolidar su posición en uno de los mercados emergentes más atractivos del mundo (en 2030 América Latina y el Caribe contarán con una población total de unos 720 millones de personas y su PIB será de unos US$ 9 billones). Por otro lado, los países de la región están avanzando hacia la creación de un bloque integrado. Al igual que Pekín, la Unión Europea reconoce el inmenso potencial de América Latina como socio comercial, y está esforzándose por concluir acuerdos que alcancen a prácticamente todas las economías de la región. Esto pondrá a la UE por delante de China y EE. UU. Mientras tanto, las inversiones chinas (más de US$ 106.000 millones) hasta ahora se concentran mayormente en agricultura, energía y proyectos mineros. Pero cada vez más, están apuntando a sectores manufactureros que generan buenos empleos y que incluyen la transferencia de “know-how” a los países receptores. También Pekín se ha convertido en un importante garante de la nueva infraestructura que la región necesita con gran urgencia. Y está formulando estas inversiones dentro de la narrativa de su Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda, una visión global sobre conectividad, cooperación y prosperidad que ha sido bien recibida por varios gobiernos. Para Washington, una estrategia de reconexión con la región tendría claras ventajas. Si EE. UU. recuperara la participación en las importaciones de América Latina que tenía en 2000, estaría exportando unos US$ 788.000 millones anuales a estos países. Eso podría representar nada menos que un millón de puestos de trabajo adicionales en el país del norte. Una estrategia de ese tipo también podría aprovechar la buena voluntad y espíritu emprendedor de los 57 millones de ciudadanos estadounidenses que tienen sus raíces hacia el sur del Río Bravo, incluyendo 3,3 millones de firmas hispanas, muchas ansiosas por expandirse a otros países. Dicha visión podría incluso ayudar a reorientar el debate sobre migración y tráfico de drogas en una dirección más productiva. Una visión de prosperidad “hecha en las Américas” aportaría una agenda unificadora para el continente.