La propuesta china, una treta
El dictador norcoreano Kim Jong-un dice que Estados Unidos pagará “mil veces por los crímenes atroces” que cometió contra su país. El presidente estadounidense Donald Trump advierte a Corea del Norte que sufrirá “fuego y furia como el mundo nunca ha visto”. Kim amenaza con lanzar cuatro misiles al territorio estadounidense de Guam. Trump promete que si Kim sigue con sus amenazas o cumple una sola de ellas, “lo va a lamentar” y “pronto”. Mientras continúa esta escalada en un intercambio inédito de retórica incendiaria y amenazas militares indisimuladas entre los líderes de dos países con armas nucleares, la gente sensata en todo el mundo se pregunta si hay una manera pacífica de salir de esta crisis en desarrollo. Para algunos la respuesta consistiría en una “doble suspensión”: que Corea del Norte detenga sus actividades nucleares y misilísticas a cambio de que EE. UU. y Corea del Sur hagan lo propio con sus ejercicios militares conjuntos. A primera vista, esta opción (propuesta al principio por China, y luego avalada por Rusia) parece hallar el justo medio. Pero aceptar la doble suspensión sería recompensar a Corea del Norte por cesar actividades que ya están en infracción de resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Además del peligroso precedente que sentaría, la propuesta de doble suspensión tiene dos defectos fundamentales. Primero: los costos de incumplir el acuerdo serían asimétricos. Reiniciar el programa nuclear le costaría poco al régimen de Kim, pero si de esa decisión surgiera un arsenal nuclear funcional, podría provocar costos graves e irreversibles a EE. UU. Un segundo defecto clave: la dificultad de verificar el cumplimiento. Determinar si EE. UU. realiza ejercicios militares con Corea del Sur es fácil; garantizar que Corea del Norte no mantenga actividades de investigación y desarrollo en secreto es mucho más difícil. En un acuerdo de doble suspensión, Corea del Norte solo tendría que detener las actividades observables, por ejemplo, pruebas misilísticas y nucleares. Peor aún, esto podría favorecer a Kim, al dar tiempo a sus científicos para dominar tecnologías (en particular, la miniaturización de ojivas nucleares) que tras una ruptura pública del acuerdo podrían implementarse en poco tiempo. No sería la primera vez que Corea del Norte emplee una estrategia así. En 1994, cuando el régimen acordó con EE. UU. suspender la producción de plutonio, al poco tiempo violó el acuerdo e inició un programa secreto de desarrollo de uranio. Los estadounidenses no van a caer dos veces en la misma trampa. China no puede ignorar los defectos de su propuesta, antes bien, es casi seguro que presentarla fue una decisión táctica. China no quiere apretar demasiado a Corea del Norte por temor a provocar la caída de Kim y perder así el cordón estratégico que la separa de EE. UU. El objetivo real de la propuesta de doble suspensión no fue resolver la crisis, sino más bien, lograr que la comunidad internacional se fije menos en la capacidad china de influir sobre el régimen de Kim y más en la estrategia errática y preocupante del gobierno de Trump. Con su propuesta, China descarga en Trump la responsabilidad de hallar solución a la crisis. Si China realmente quiere una solución pacífica para esta escalada nuclear, debe proponer un régimen de verificación detallado, intrusivo y estricto, comprometerse a ser el principal garante del acuerdo y dejar claro que si Corea del Norte lo incumple, perderá inmediatamente toda la protección y el apoyo que recibe. Eso sí que sería una amenaza eficaz.