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Diario Expreso Ecuador

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Una primavera latinoamericana

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Mientras los escándalos de corrupción sacuden a Latinoamérica, muchos se preguntan si la región se librará algún día de su herencia de debilidad institucional. Creo que lo hará. Mi optimismo se basa en parte en la historia de Estados Unidos, fundado por líderes muy preocupados por la corrupción.

A pesar de sus esfuerzos, el Gobierno de EE. UU. pronto se tornó tan sobornable como cualquiera de los antiguos regímenes europeos. Incluso después de que EE. UU. finalmente comenzara a limpiar su gobierno federal, la influencia política se mantuvo en los niveles estatal y municipal. Las políticas para aumentar la transparencia gubernamental -como la Ley de Libertad de Información- no se implementaron hasta la década de 1960. Hoy los estadounidenses aún se preocupan por la influencia del dinero en la política, como lo demuestran reiteradas discusiones sobre el financiamiento de las campañas en sus actuales elecciones primarias presidenciales. Pero no se puede negar que el Gobierno actual es infinitamente más virtuoso que en los días de Jefferson, Lincoln o Roosevelt. Esto nos recuerda que las instituciones sólidas emergen a un ritmo glacial, gracias al esfuerzo acumulativo de generaciones de reformadores y que los países necesitan tres ingredientes para combatir la corrupción: un sólido marco legal, líderes comprometidos y apoyo público sostenido. La dificultad para implementar sostenidamente el primero aún constituye una grave debilidad. En cuanto al segundo, una gran cantidad de personas valientes han defendido la probidad, aunque en gran medida hayan sido ignoradas o condenadas al ostracismo. El tercero ha sido el más difícil de obtener, pues los latinoamericanos históricamente tendieron a tolerar a los políticos ladrones. Los brasileños hasta tienen un dicho para perdonar las malversaciones: “rouba mas faz” (roba, pero hace). Esto parece finalmente estar cambiando: en toda Latinoamérica los ciudadanos están saliendo a las calles para decir basta a la corrupción. Además, ahora estos escándalos son investigados y llevados a juicio con un grado de independencia sin precedentes. Los tribunales de países como Brasil, Chile, Colombia y Guatemala están condenando, e incluso encarcelando, a destacados políticos y empresarios. En una región habituada a la impunidad de las élites políticas y económicas, esto implica un cambio tectónico. Si esta presión popular y judicial continúa, lo que parece probable, podría crear las condiciones para que muchas otras reformas tengan éxito.

En general, los funcionarios electos latinoamericanos están recibiendo el mensaje y apurándose a sumarse a iniciativas para la buena gobernanza, como la multilateral Open Government Partnership (Asociación para el Gobierno Abierto). Es hora de que el sector privado, que ha tolerado demasiado la corrupción como un costo inevitable de los negocios, también se oponga a ella.

Si los líderes políticos y empresariales de la región suman sus voces a la protesta contra la corrupción, Latinoamérica puede lograr una ruptura definitiva con su pasado.

Project Syndicate

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