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Postrer adios

La parca no razona, siendo su único papel el de llevarse a su escogido sin contemplaciones. Tan es así, que visitándonos, se llevó sin miramientos a un ser maravilloso, a un sembrador de ideas, a un luchador, a un ciudadano ejemplar como lo fue don Jorge Vivanco Mendieta.

Ya había terminado mi relación con Diario El Telégrafo, cuando una mañana recibí su llamado para invitarme a ser parte de la página de opinión de Diario Expreso y desde ese entonces, he hecho entrega de mi contribución hebdomadaria sin haber fallado.

Su bondad, su don de gentes y su espíritu jovial eran altamente contagiosos y recuerdo una de sus frases: “El que hace periodismo no escribe, sino que ama, vive, siente lo que plasma en el papel, estando pronto a defender a cualquier precio, tanto su pensamiento como la verdad”.

La luz de Espejo se apagó luego de 60 años de inquebrantable lucha contra las dictaduras, la opresión, la maledicencia, el mesianismo político, la burla, el sarcasmo vulgar y el autoritarismo de esos gobernantes de cuarta categoría que, embriagados del poder, pisotearon el respeto, mancillaron el honor, taladrando los derechos humanos y descalabrando la verdadera democracia.

Amaba a los niños y se encendía en cólera frente al abuso y la violencia de sus atacantes, recordando siempre el desamparo espiritual y afectivo que golpeando su infancia le hacía repetir con frecuencia: “Niña de mis ojos, dulce razón de mi jornada”.

Rechazaba el boato y los aplausos porque decía que brotaban de las manos; el mejor homenaje eran las palabras y los afectos que emanaban de un corazón sin desdobleces.

Predicó con el ejemplo, aconsejando permanentemente a sus colaboradores, haciendo resaltar que de los errores se aprende. “Pregunten, pregunten y no se avergüencen de preguntar, pues el hombre sabio está siempre ávido de aprender, debiéndose recordar que el saco del conocimiento no se llena jamás”.

Defendió a capa y espada la honestidad y la verdad, siendo implacable con crápulas, miserables, indeseables y corruptos, a quienes fustigó con creces. El caballero de la pluma ha muerto.

Y sigo andando...

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