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Bajo la popularidad de Putin

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Desde controlar a los medios hasta atizar el nacionalismo, el presidente ruso Vladimir Putin siempre ha sabido cómo mantener altos sus ‘ratings’ de aprobación. Pero las vidas de los rusos no están mejorando tras la última ronda de sanciones económicas occidentales. La caída del ‘rating’ de aprobación de Putin lo demuestra. En abril, el rublo se desmoronaba por las sanciones impuestas por el supuesto envenenamiento por parte del Kremlin del ex doble agente ruso Sergei Skripal y su hija en territorio británico. En junio, mientras se desarrollaba la Copa del Mundo en Rusia, el Gobierno propuso aumentar la edad jubilatoria, lo que generó una inmediata respuesta violenta de la población. El resultado fue una marcada caída de 15 puntos -la mayor en 18 años del régimen- en la aprobación del Gobierno en general. Y la confianza en el propio Putin cayó de casi 60 % 48 %. No así cuando hubo protestas masivas por su regreso a la presidencia y Putin aumentó su ‘rating’ de aprobación erigiéndose en el defensor de Rusia ante el presidente de EE. UU., Barack Obama, cuando no estuvo dispuesto a ejecutar su “línea roja” en Siria -por el uso de armas químicas por parte del presidente Bashar al-Asad. El Kremlin intervino de garante siniestro del desarme de Asad y para reforzar aún más su posición interna, de que Rusia no se inclina ante la voluntad de EE. UU., Putin brindó asilo a Edward Snowden, delator de la Agencia Nacional de Seguridad. Los nuevos puentes y carreteras, la mejora de la infraestructura y renovación de los espacios públicos con parques, fuentes y cafés, no ayudó económicamente a los rusos, y mucho menos expandió sus libertades. Luego de que Rusia invadió Ucrania y anexó a Crimea en 2014 -desafiando a Occidente-, su rating de aprobación alcanzó un vertiginoso 87 %. En marzo ganó la elección presidencial cómodamente, con 76 % de los votos. Luego la aprobación se mantuvo en 82 %. Ante los 700.000 visitantes internacionales en la Copa del Mundo cambió la percepción de los rusos de lo que es importante, así como de su líder, un anfitrión descortés, pues en la ceremonia final dos presidentes se empaparon bajo la lluvia torrencial. Mientras tanto, el pueblo ruso impresionó al mundo con su hospitalidad afable. Tras las reformas jubilatorias decenas de miles de rusos se sumaron a las protestas organizadas por el abogado anticorrupción, Alexei Navalny, defensor de la oposición, quien no asistió al evento pues fue arrestado anteriormente. Pero eso no impidió que 2.500 manifestantes enfrentaran a una policía despiadada. Muchos de los protestantes jóvenes están furiosos por los fracasos del régimen de Putin, aunque le hubiese devuelto a Rusia la condición de “gran potencia”. Nada compensa la corrupción desenfrenada y la falta de oportunidades. Los empresarios frustrados por sanciones y aumentos de impuestos, y los emprendedores cuestionan si la política exterior asertiva de Putin de nacionalismo militante justifica el precio, incluido el costo real de las actividades militares de Rusia y el impacto del creciente aislamiento económico y político. Putin sabe que hoy su posición es inestable. Su imagen de paladín de la grandeza de Rusia y símbolo de esperanza se está desvaneciendo. A menos que realice cambios reales dentro de Rusia, su ‘rating’ de aprobación seguirá cayendo.

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