
El ultimo pies secos que ingreso por Laredo sin visa
22.000 cubanos solicitaron asilo en las fronteras estadounidenses con México y Canadá en el año fiscal 2014.
Eran las ocho y media de la mañana del viernes 20 de enero y Yunieski Marcos fumaba un cigarrillo en el porche de la casa de su primo en Westchester, un suburbio de Miami, balanceándose en una mecedora rústica. El primo Roberto había salido a llevar a su hijo al colegio. Yunieski vestía una camiseta Calvin Klein nueva, unos jeans ajustados y una pulsera de bolas verdes y amarillas que le preparó un santero en su ciudad natal de Cuba, Camagüey. “Yo soy hijo de Eleguá, el dios que abre los caminos”, dijo.
Una semana antes, Yunieski Marcos, de 33 años, había sido bendecido con un milagro estadístico. De las decenas de miles de cubanos que han llegado a través de los años a la aduana de Laredo, él y su hijo de siete años Kevin fueron los últimos a los que permitieron entrar sin visa por ese paso en EE. UU. el 12 de enero, el día que se anunció el final de la política pies secos, pies mojados, que daba acogida a los cubanos sin papeles.
Pasados unos minutos el primo Roberto regresó. Le chocó la mano a Yunieski con una palmada y exclamó:
–¡El último mohicano!
Si hubieran llegado a la aduana una hora más tarde, se habrían quedado a las puertas de EE. UU., como un sinfín de cubanos que desde aquel día están varados en la frontera con México, en Centroamérica, en Sudamérica o en la propia Cuba, los que tenían todo listo para emigrar y la noticia del día 12 dejó allí, petrificados.
Yunieski nació en Cuba pero fue concebido meses antes en Ostrava, en la antigua Checoslovaquia comunista. Sus padres, cubanos, habían sido enviados allí para formarse. En su país, era técnico en aparatos electrónicos. La madre de su hijo, de la que está separado, había emigrado a EE. UU. un año antes. Después de una fase de papeleo que definió como “unas Olimpiadas”, él logró una visa para México y voló allí con el niño el 11 de enero. Al llegar hicieron sus primeras compras fuera de Cuba. Un teléfono y un palo para selfies. El mismo día volaron a Nuevo Laredo y al siguiente pasaron la frontera gracias a lo que Yunieski llamó “una intervención divina”. El oficial que selló su pasaporte le dijo en español: “Felicidades. Sois los últimos cubanos que cruzan sin visa”. Al salir de la aduana estaba en shock. “No era capaz de marcar las teclas de mi teléfono”.
Un amigo los esperaba en Laredo. Pasó a recogerlos. Por la noche, Yunieski y su amigo bebieron. Al día siguiente los llevaron a un Wal-Mart. “Muchacho, tú no te imaginas lo que es eso para alguien que llega de Cuba. Yo no sabía ni para dónde mirar”, recordó.
El domingo 15 volaron a Miami. El viernes siguiente Kevin ya estaba yendo al colegio y su padre arreglando papeles. Esa mañana, Yunieski Marcos tuvo que ir a una oficina de migración a corregir una fecha. “El oficial de Laredo me escribió en el pasaporte que mi permiso de residencia terminaba el 11 de 2017, ¡un día antes de que entré chico!”. Al salir a la calle con el documento rectificado, se puso gafas de sol y encendió otro cigarro, lleno de dicha: “Yo no sé, pero hasta parece que el sol aquí pica menos que en Cuba”.