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¿Puede alguien que no sea Correa unir a los partidos y movimientos políticos ecuatorianos?

Alinear, cohesionar, unir, orientar, guiar, liderar, son todas acciones que requieren de cierto talento. Sin juicio de valor, pueden ser logradas para el bien o el mal, pueden ser logradas con miras a un cambio o por oposición a algo o alguien.

Correa, con su omnipresencia propagandística y con la ayuda de un equipo cuya motivación podría explicarse ahora en innumerables juicios verdes, logró cohesionar a la mayor parte de la sociedad durante diez años. Tal fue su influencia que aun hoy en día cohesiona y sigue polarizando opositores y seguidores día a día con su mera presencia virtual. Me atrevo a pensar que justo después de la dolarización, impedir el retorno de Correa al poder es ahora una de las pocas temáticas alrededor de las cuales existe cierto consenso político.

No al proyecto de ley económica urgente, no más impuestos, no a la liberalización de la economía, no al recorte de subsidios, no aquí, no allá.

La política ecuatoriana es tan pobre que solo parece existir como negación. Con pena hay que decirlo, no hay en el horizonte político alguien que proponga una idea con tracción suficiente. No hay quién ilusione al pueblo con mejores días.

Ni se diga que cohesione a los demás líderes y movilice la “voluntad popular”.

En esto también aplica el dicho de que por la plata baila el mono. Correa logró el apoyo a muchos proyectos con la plata que tenía nuestra economía (y la que no tenía también) durante los años de su gobierno. Podemos estar seguros de que otra cosa hubiera sido lograrlo sin un duro. ¿Pueden movilizarse voluntades con algo que no sea billete?

Según los expertos, la respuesta es afirmativa. Pero más allá de saberlo, parece que estamos cada día más lejos de lograrlo.

Podemos esperar que aparezca un nuevo caudillo y poner todo nuestro destino en sus manos. O podemos, en son del pueblo judío, apuntalar valores sociales que basten para que nuestras próximas generaciones converjan sobre objetivos mínimos. En breve, aunque no es inmediata, nuestra única salida es la pedagogía.

‘No hay quién ilusione al pueblo con mejores días’.