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Sin pasaporte y sin techo

Dos familias en Huaquillas: una ocupa un lote abandonado y la otra vive en una casa comunal. La localidad fronteriza desborda migrantes en la calle.

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La vivienda no tiene energía eléctrica, muebles, camas, roperos ni mayores enseres; pero es mejor que la vereda de Huaquillas en la que durmieron más de una semana. Al menos aquí el niño tiene menos frío.

La casa no era tal desde hace dos semanas, sino un lote vacío al que el tiempo le pasa factura cada día un poco más. Cuando ellos llegaron allí se le habían llevado las puertas y los accesorios básicos: focos, grifos, mueblería empotrada. No era vivienda ya, era más bien un hueco adonde la gente llegaba para drogarse de vez en vez.

Se supone que no es posible llegar a una ciudad extraña y adueñarse de casas desocupadas, pero no hay tiempo para pensar en eso ahora. Esas cuatro paredes salvaron a esta familia de siete, conformada por una adulta mayor, sus dos hijos varones, las esposas de ellos, una sobrina y un nieto.

Son de Valencia, Venezuela, y pertenecen a los cientos de venezolanos que en estos días colapsan Huaquillas en parques y vías principales.

La de ellos no es una historia diferente. Geovanny y Leandro Gómez, los hijos de Olga León, salen a vender caramelos para sobrevivir. Sus esposas y la prima hacen lo propio, mientras Olga cuida la casa improvisada. Se fueron de su país hace algo más de dos meses, de un solo golpe, pero otro golpe más fuerte los recibió a la salida, la realidad del migrante venezolano.

Hubo frío, acera y hambre. Con un niño de menos de dos años, la historia se complica más. La lucha no cesa.

Debían ir a Perú hace un par de semanas, pero las noticias corren. “Se sabe de deportaciones ya, y peor después de que detuvieron al Tren de Aragua”, cuenta Geovanny. Está sentado en un colchón celeste, sucio, que es menos grueso que su hijo.

El Tren de Aragua es una banda delictiva que en Perú intentó robar un banco. Tras una operación, hace una semana, con cinco venezolanos. Por casos como este aparece la xenofobia. Aunque Huaquillas sigue siendo la excepción, al menos por ahora.

Una vecina que vio a la familia de Olga dormir en la calle les avisó del terreno. Otros solidarios les dieron colchones. Tres de una plaza para los siete. Los tendieron donde quedó algún día la sala de la casa.

Entre otras donaciones recibieron una cocina. Les falta el cilindro de gas. Con el trabajo de todos pueden comer tres veces al día y el niño ya toma su leche otra vez. Ahora creen estar en un palacio.

EXPRESO contó que hay venezolanos durmiendo en parques y veredas en Huaquillas, la crisis humanitaria ha extendido una sucursal y genera un nuevo fenómeno de movilidad: los sin techo. Se trata de ciudadanos nacidos en Venezuela que decidieron no moverse de Ecuador porque tienen miedo de avanzar a Perú, “donde la cosa está caliente” para ellos, o les falta dinero para lograr trasladarse, y por eso se estacionan cinco, diez, sesenta días haciendo de las avenidas su hogar y viviendo de la caridad o del comercio informal.

Si alguien sabe qué es vivir en un parque, esa es Lizbeth Valencia, una venezolana de algo más de 40 años que estuvo seis meses en una plaza de Colombia con toda su familia, huyendo de la crisis y dejando atrás dos negocios quebrados. Fue en Riohacha. “Pero tuvimos que movernos. Ya no nos querían allí. La desesperación de algunos y la falta de valores los empujó a delinquir. Estamos quedando mal allá en Colombia”, lamenta al pie de la puerta de la casa comunal de la cooperativa Unión y Progreso, de Huaquillas, donde improvisa una casa.

Sus niños de 5, 11 y 13 años, y su esposo están con ella desde hace un par de meses. Lograron instalarse como cuidadores, luego de que el responsable la viera durmiendo en una de las avenidas de Machala. “Mi esposo trabaja como guardia desde las 2 de la tarde hasta las 6 de la mañana, por $ 10. Mis hijos salen a limpiar vidrios”.

“Es duro mamar calle”, sentencia en tono venezolano esta mujer de hablar lento, que se pega una vuelta por el parque de Huaquillas y ofrece a sus compatriotas lavarles gratis la ropa. “Es mi forma de ayudarlos. No puedo meter a nadie aquí”, explica. En el patio de la casa comunal hay cordeles llenos de ropa de sus paisanos. De vez en cuando llega uno que la conoce a pedirle un poco de agua para su aseo. Ella cede.

Huaquillas tiembla. Hay un albergue en la cooperativa 18 de Septiembre con capacidad para 60 personas. Está cerrado porque no abastecería el número de venezolanos en la calle. El Municipio confirmó que en otras emergencias se han utilizado las escuelas, pero eso también es imposible, los niños están en clases. Los ecuatorianos, porque los de Venezuela no estudian aún.

El detalle

Restricciones. Perú anunció también que exigirá el pasaporte en regla a los migrantes venezolanos para entrar al país a partir del próximo sábado.

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