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Muere Jorge Vivanco, un referente del periodismo

No hubo día en que dejará de pensar en el diario, en EXPRESO, en escribirle a sus lectores, como lo hizo durante los 60 años dedicados al periodismo y a la defensa de la libertad de expresión en el Ecuador.

Enseñanza. Su muerte enluta al periodismo ecuatoriano, pero sus enseñanzas quedan vivas en los recuerdos de quienes lo conocieron.

No hubo día en que dejará de pensar en el diario, en EXPRESO, en escribirle a sus lectores, como lo hizo durante los 60 años dedicados al periodismo y a la defensa de la libertad de expresión en el Ecuador.

Dos días antes de su deceso Jorge Vivanco Mendieta pidió a su asistente que tomara papel y pluma. Sorprendida, ella accedió. Él empezó a dictarle el artículo que quería publicar sobre la difícil situación económica del país y la corrupción.

No llegó a terminarlo, pero hasta el último suspiro mostró su amor por el periodismo que descubrió en los años 50, cuando estudiaba Leyes en la Universidad Central del Ecuador. Antes había abandonado la carrera de Medicina porque se dio cuenta que no quería pasar en los hospitales, viendo el sufrimiento humano.

Su necesidad de ganar dinero, para poder costear sus estudios y su estadía en la capital - era lojano-, lo llevó a aceptar el puesto de corrector de prueba en el diario El Comercio de Quito. El trabajar por las noches le daba tiempo para asistir a clases de Leyes en el día.

Fue el director de ese diario, Jorge Mantilla (+), quien un día lo sorprendió con la decisión de que se encargara de la sección cultural. En la sala de redacción descubrió, unos días después, que no quería otra profesión que la de periodista. Y la cumplió hasta el final de su vida, a los 89 años.

Su pasión lo llevó después a colaborar con la revista La Calle y los diarios El Telégrafo y La Razón. En el último diario nombrado conoció a Galo Martínez Merchán y con él llegó, años más tarde, a Diario EXPRESO, que con el pasar de los años se convirtió en su hogar, en el que pasaba la mayor parte de los días y de las noches, sin descuidar a su esposa Elina Amores Vasco ni a sus tres hijas y dos hijos que procreó con ella. Él quiso que fuese su hogar en su juventud, su vejez y también en muerte. Sus enseñanzas quedaron en las mentes de quienes trabajaron con él, a quienes siempre enseñó con el ejemplo. Les hizo ver que de los errores se aprende.

Elina, la mayor de sus hijas, es la que más recuerdos tiene de la pasión por el periodismo que desbordaba su padre, un amante de la poesía, que solía recitar con frecuencia dos versos: “Misero mar, tus iras me dan pena y tristeza, como ruges y ruges” y “Niña de mis ojos, dulce razón de mi jornada”.

Un verso, del poeta Manuel Agustín Aguirre, fue el que inspiró el nombre de su columna, Barajando los días, que firmó por años con el seudónimo de Modesto Severo y después como Jorge Vivanco.

A través de su pluma castigó a los indeseables, a los corruptos, porque siempre pensó que el periodista debe ser un luchador de la verdad y de la justicia.

Otra columna, Periscopio, fue el espacio a través del cual luchó contra los actos deshonestos del poder político.

Sus escritos, sobre el mal uso de fondos reservados durante el gobierno de Sixto Durán-Ballén, tocaron en 1995 a las más altas esferas gubernamentales, que conllevaron a la apertura de un juicio político al vicepresidente Alberto Dahik y de procesos judiciales, que llevaron a la renuncia de Dahik, en octubre de ese año.

A pesar de su éxito y sus méritos, que lo hicieron acreedor al cargo de subdirector de Diario EXPRESO, él siguió siendo sencillo y humilde. Amaba la buena cocina, la guatita, la parihuela de mariscos y los cebiches en los que nunca dejó que faltara el maíz tostado.

Su niñez fue triste -quedó huérfano de padre y madre a los cinco años-, pero su fuerza de voluntad y su carácter aventurero lo llevaron a destacar en los estudios y en el periodismo, del que hoy es un referente.

Murió cobijado por el amor de sus cinco hijos, siete nietos y cinco bisnietos, que transformaron su vida en un cúmulo de alegrías. Paz en su tumba.