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La miseria de ciertas fortunas

Las colocan en las esquinas de los techos y mediante un cableado que entrelaza las casas ubicadas en las calles que acceden a sus centros de distribución, es como advierten con tiempo suficiente las rondas de la policía. Instalan cámaras en ubicación clave, con el fin de burlar el trabajo de la policía. Según diario Extra: “...Por eso, algunos líderes de bandas dedicadas al microtráfico conseguían escapar.

Por otro lado, los agentes hallaron una forma para evadir ese control sin llamar la atención...”. En conclusión, pudieron desarticular una banda en el sector norte de Guayaquil.

Por debajo de las puertas de ciertas escuelas los niños sacan sus brazos con una moneda de un dólar en la palma de su mano. Una persona, desde el otro lado, retira el dinero y coloca en lugar de la moneda la llamada H, la droga que está matando a nuestros jóvenes.

La tabla de uso permitido de drogas en ciertas cantidades sigue vigente, los vendedores de drogas cuentan con ese paraguas legal y recorren sectores de la ciudad para acrecentar el mercado de consumidores.

Nada se ha hecho. Nadie ha podido detener esto.

Las instituciones psiquiátricas y especializadas siguen brillando por su ausencia. El par de centros que pueden acoger a las víctimas no se abastecen. Hay madres desesperadas que recurren a encadenar a sus hijos para alejarlos del consumo. Miseria a cambio de miseria.

La venta ilegal de drogas se abre paso, debe haber superado al millonario negocio de venta de armas y seguramente está considerado el negocio perverso más rentable del mundo.

Desde Bastión Popular hasta las más sofisticadas ciudades americanas y europeas, reinan estos negocios. La fantasía mortal de las drogas y los millones que deja hacer lo ilegal dominan las grandes y pequeñas economías.

¿Cuántos negocios lícitos no empezaron con dinero sucio? ¿Cuántas actividades “sociales” no se nutren de dinero sucio? Finalmente, ¿qué pasaría si se legaliza la venta de droga con control de calidad y rehabilitación de adictos?