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Migrantes aprenden a emprender en talleres

Desde noviembre, Karla Pereira pasó a engrosar las cifras de migrantes venezolanos en Ecuador. Una cifra que solo en enero de este año registró 62.500 personas que se movilizaron de su país natal huyendo de la pobreza, la inseguridad y el hambre.

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Llegó hace tres meses a Guayaquil después de un trayecto que duró más de 60 horas por carretera. Desde noviembre, Karla Pereira pasó a engrosar las cifras de migrantes venezolanos en Ecuador. Una cifra que solo en enero de este año registró 62.500 personas que se movilizaron de su país natal huyendo de la pobreza, la inseguridad y el hambre. En el caso de Karla también fue por salud. “No encontraba la insulina que necesito. Tengo diabetes”.

Su amiga Yusbely Moreno, de 38 años, y con dos hijos, tiene una historia similar. “Aunque teníamos algo de dinero porque mi esposo se vino hace un año, no encontraba los medicamentos para mi pequeño Juan Manuel (2 años) que enfermó de bronconeumonía”.

Las mujeres son, desde el jueves pasado, parte de Apoyo sin Fronteras, un grupo de apoyo a los emigrantes.

La iniciativa nació de Ana Bermúdez, una venezolana jubilada que se radicó en Ecuador hace algunos años. “Al ver tanto sufrimiento y necesidad de mis compatriotas, que llegaban aquí a este país, pensé que debía hacer algo. ¿Cómo puedo ayudar? ¿Qué podemos hacer?”, fueron las preguntas que se hizo. Y decidió armar un grupo de apoyo con la colaboración de sus amigas del sector, en La Puntilla, Samborondón.

En una primera clase Ana les enseñó a elaborar papel maché. “Con papel reciclado. Nos enseñó el proceso. Se remoja, se mezcla con pegamento y se deja secar. Ya luego se puede utilizar para hacer tarjetas”, dice Eva García, una septuagenaria que llegó desde Coro hace dos meses y que vive con su hija Rosbel Navas, y sus 3 nietos.

La clase de tejido de cintas, para hacer diademas y cintillos las dicta María Teresa Chiquito. “Pero cualquier persona que pueda enseñar algo es bienvenida. Asimismo, quien quiera venir a aprenderlo, también”, dice Bermúdez.

Pero no era cuestión solo de las ganas. También necesitaban un espacio para que las personas se reúnan. Y lo consiguieron en la iglesia San Josemaría Escrivá, ubicada en La Puntilla.

En los salones de esta parroquia se reúnen cada jueves. Además de las manualidades, en el sitio aprovechan para distraerse. “Las mujeres traen a sus hijos, y eso también es una ayuda. Se trata de que todas se apoyen”, comenta Rosario Caride, una argentina radicada en el país hace más de 20 años.

Al momento, los talleres están dirigidos solo para mujeres, pero Ana espera poder organizar cursos también para varones. “De electrónica, mecánica, fotografía. Todo el que pueda enseñar algo se lo agradeceríamos”, dice.

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