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Tiempo para meditar

Superados los apuros, la actividad intensa y el ir y venir previos a la Nochebuena, celebramos una vez más la Navidad. Y aprovechando la calma y el ritmo lento de este día en que el mundo hace una pausa, sería propicio reflexionar sobre aquello que como parte integrante de la humanidad nos debemos unos a otros.

La sociedad ecuatoriana ha atravesado tiempos turbulentos, de elevada tensión, y ha atestiguado acontecimientos paradójicos, polémicos y censurables, algunos ciertamente imperdonables. Corrupción, desparpajo, impunidad, un despunte inusitado del microtráfico de drogas, de la delincuencia y del inaceptable abuso a menores de edad son hechos y situaciones que ameritan una sacudida de la conciencia nacional. Pero también de un decidido paso a la acción conjunta e inmediata de las autoridades y de la ciudadanía para empezar a trabajar en soluciones que generen un cambio radical.

El futuro del Ecuador dependerá de la educación que demos a los jóvenes y a los niños y de las condiciones en que les entreguemos este país, no solo en lo económico y lo productivo, sino principalmente en el plano moral y ético, lo cual incidirá directamente en el manejo prolijo e inobjetable de los fondos públicos, de los bienes privados e incluso en la preservación de la naturaleza y de nuestro patrimonio intangible.

Y no hay que perder la perspectiva. El brío y la determinación que despleguemos para erradicar los males de nuestra nación darán frutos que no quedarán circunscritos únicamente a nuestros límites. El progreso en el combate a la corrupción, las mejoras en la educación y en la salud, y el desarrollo innovador y ecoeficiente que alcancemos dentro de nuestras fronteras, indudablemente se proyectará a la región y contribuirá al objetivo final de ganar la batalla que se libra permanentemente en el planeta entero.

La búsqueda del bien y de la verdad en procura de la paz, a través de la honestidad y la integridad, y del trabajo individual y colectivo, enmarcado en el respeto a los derechos de los demás y en el cumplimiento de las obligaciones propias, deben constituir el norte que nos inspire. Que la trascendencia y el sentido real y universal de la Natividad que hoy conmemoramos sean el motor que nos impulse a actuar, sin escatimar esfuerzos ni claudicar en el empeño para lograr las metas planteadas.